Pablo Mendoza

Hombres desechables

«No estoy dispuesta a dormir cuatro horas para tener una familia bien cuidada» dijo Karina, mi amiga salvadoreña de 26 años. Sin ser guatemalteca, estaba poniendo en palabras una inquietud que se repite en la mayoría de mis amigas de acá, cuando platicamos. «¿Por qué tenemos las mujeres que escoger entre ser nosotras mismas y ser amadas?» me dijo visiblemente molesta.

Lo que plantea Karina no es renunciar al amor ni a la familia. La búsqueda del afecto y compañía es natural, no solo en las mujeres, sino en cualquier ser humano. El problema aparece cuando satisfacer esa necesidad emocional requiere el doble de tiempo, cuidados y energía; cuando una relación de largo plazo viene acompañada de exigencias que, rara vez, son iguales para hombres y mujeres –o para quienes asumen roles similares–.

«Por eso es que escojo hombres desechables», admitió. Se refería a relaciones que, al ser de corto plazo, no exigen la renuncia a los planes de vida de las mujeres. Hablaba de vínculos pensados para acompañar, aun por un lapso corto, sin absorber.  Lo desechable, en este caso, no somos los hombres como tal, sino el rol que ocupamos dentro de una relación; uno que regularmente ofrece condiciones injustas para que nuestras parejas vivan en plenitud.

El amor no es un asunto meramente privado, tiene un peso político, económico y cultural. Es uno de los ámbitos que sostiene la vida, que evidencia el poder y concentra recursos.

Esto no es solo una percepción nacida de una conversación entre amigos. Los efectos masivos de estas decisiones se hacen visibles. The Economist, estima que «el mundo tiene hoy al menos 100 millones más de personas solteras que en 2017»[1]. En Guatemala, por su parte, la natalidad cayó 12.7 % en 2024 respecto al año anterior[2]. Cifras que sugieren que, cuando las relaciones implican costos desproporcionados para sus miembros, estos deciden alejarse o redefinir esos vínculos.

La realidad es que los hombres promedio solemos ser egoístas con nuestro tiempo y recursos. Fuimos criados para ser «líderes», generar riqueza y ser exitosos. En nuestras relaciones exigimos cariño y cuidados, pero no estamos dispuestos a dar lo mismo. Aún si quisiéramos darlo, no sabemos cómo, porque rara vez lo hemos hecho por otra persona. Por eso, nos hemos vuelto desechables. No porque las mujeres –u otras personas– no quieran amarnos, sino porque hacerlo implica un costo muy elevado.

«Hace un año sentí que no estaba logrando profesionalmente lo que quería y pensé: me voy a quedar sin esto y sin lo otro», confesó mi amiga. Esa sensación de siempre perder algo –el amor o a ellas mismas– es la que acompaña a muchas mujeres cuando las relaciones se han construido así. Por ello, el desafío está en aprender a amar diferente y amar mejor, sin que una sola persona cargue con todo.

De tal forma, aunque las relaciones entre hombres y mujeres puedan parecer insignificantes en la vida cotidiana, es urgente cuestionar cómo se construyen y qué costos implican. El amor no es un asunto meramente privado, tiene un peso político, económico y cultural. Es uno de los ámbitos que sostiene la vida, que evidencia el poder y concentra recursos. Por eso, definitivamente, debemos pensarlo y discutirlo públicamente.

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[1] https://www.economist.com/leaders/2025/11/06/the-rise-of-singlehood-is-reshaping-the-world

[2] https://x.com/camendoza72/status/1992366026621923691


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