Sin embargo, estas reacciones se consideran apasionadas, normales e, incluso, esperadas, porque «los chicos son chicos». Pero ¿qué pasa cuando una mujer expresa un poco de emoción por su banda favorita, una saga de libros o un programa de televisión? De repente, es inmadura y obsesiva.
¿Por qué es aceptable que los hombres lloren, griten y sean violentos por sus intereses, pero se ridiculiza a las mujeres que muestran entusiasmo hacia algo?
Los hombres llevan décadas perdiendo la cabeza por los deportes, por ejemplo. Cuando Argentina ganó la Copa Mundial de Fútbol en 2022, los fanáticos salieron a las calles, escalaron monumentos, decoraron el cielo con fuegos artificiales y, en un caso extremo, se lanzaron de puentes. Pero los medios de comunicación no los llamaron locos, sino «apasionados».
En cambio, si un grupo de mujeres acampa fuera de un estadio y regala brazaletes mientras esperan a que comience el concierto de su artista favorita, los medios las tachan de «delirantes» y «patéticas».
No se trata de BTS. No se trata de One Direction. No se trata de Taylor Swift, o de cualquier otro artista que ha enfrentado el mismo escrutinio. Ni siquiera tiene relación con el ritmo o la letra de las canciones. Todo se reduce a que, en su mayoría, son mujeres quienes disfrutan esa rama artística. Un caso severo de doble moral y misoginia.
Este fenómeno no nació con las críticas a «Barbie» y el desprecio por el rosado en las filas del cine. En 2012, un medio de comunicación canadiense publicó una noticia en la que mencionaron la fiebre de Bieber: una afección, que según esta página, era incluso más contagiosa que la rubéola. ¿Las señales de infección? «Malas elecciones de vida, llanto incontrolable y gritos».
Como si los hombres no llevaran años organizándose en fandoms también. Este extranjerismo se refiere a comunidades de seguidores o fanáticos de algo específico, como una banda, una serie o una saga literaria.
En cambio, si un grupo de mujeres acampa fuera de un estadio y regala brazaletes mientras esperan a que comience el concierto de su artista favorita, los medios las tachan de «delirantes» y «patéticas».
Años después, la narrativa persistía con un enfoque distinto: la infantilización de los fandoms liderados por mujeres. El comediante James Corden bromeó en su programa sobre la visita de BTS a la sesión general de la ONU: «la primera vez que niñas de 15 años de todo el mundo desean ser el Secretario General de las Naciones Unidas». Lo único que diré es que he conocido a chicas de quince años mucho más maduras que hombres de cuarenta y tantos, como el propio Corden.
En 2017, para una entrevista con Rolling Stone, le preguntaron a Harry Styles cuál era su plan para alcanzar credibilidad fuera de su público objetivo de chicas adolescentes. Una forma sutil de declarar que las opiniones de las mujeres jóvenes no son relevantes hasta que los hombres digan que lo son.
Estas representaciones mediáticas refuerzan la idea de que los intereses que brindan alegría a las mujeres son inferiores, además de indignos de respeto. Incluso en las franquicias dominadas por hombres, se cuestionan los conocimientos de las mujeres, porque solo así podrán participar. Es curioso que la mujer debe ser experta en trivia para que le gusten las películas de Star Wars.
Al final del día, considero que crecer no significa dejar atrás lo que nos hace felices. Significa encontrar un equilibrio entre nuestros intereses y los compromisos que adquirimos. Esto se aplica a todas las personas adultas.
La próxima vez que veas a una chica discutiendo teorías sobre su libro favorito, recuerda: no está loca, solo está haciendo exactamente lo que los hombres han hecho durante años. ¿La diferencia? Ella no rompe a patadas una televisión para demostrar su entusiasmo.









