La educación y la lectura no son prioridades en este país. Existen indicadores que lo demuestran. Pese a la reducción sostenida que se ha dado a través del tiempo, el analfabetismo en adultos es mayor al 10 %, lo que lo deja mal evaluado con relación a otros países de América Latina y del mundo (con la excepción del África subsahariana). El promedio de escolaridad no llega a cubrir la primaria completa y la población con estudios universitarios sigue siendo relativamente pequeña. Eso sin contar con la baja calidad que se evidencia, por ejemplo, en los resultados de las pruebas de lectura que realiza el Mineduc.
Por todo ello, Filgua resulta una actividad importante. Aunque es un granito de arena, resulta necesaria para fomentar la lectura. De hecho, se necesita una política de país que lo haga y que nos lleve, como lo indica el eslogan, a un país de lectores.
Las razones de esta situación son varias. La fuerza de trabajo se ha concentrado en actividades que exigen poca preparación y no ha existido un interés sostenido (como proyecto nacional) por mejorar esa condición. Una población más educada, en condiciones de pobreza, puede ser más incómoda. La educación y la lectura permiten una mayor participación política. Si el Estado no puede proporcionar una educación de calidad (y con ello fomentar la lectura), la inversión que deben hacer las familias resulta muy onerosa para un porcentaje importante de la población. Además, la educación privada no es garantía de calidad. De nuevo, las pruebas de lectura lo comprueban.
Otro factor de la poca lectura es de índole cultural. La influencia de la religión católica, y de las las iglesias evangélicas que predominan en el país, no ha sido positiva para la lectura. Son variantes religiosas que, contrario a la tradición judía, protestante o confuciana, no promueven una lectura seria de sus textos sagrados y, por tanto, de otros textos.
Finalmente, existe un factor propio de nuestros tiempos y que causa estragos en este sentido. Internet, las redes sociales, la Inteligencia Artificial (y los dispositivos asociados) son un factor que no promueve la lectura. Aunque potencialmente permiten un acceso a la cultura mucho mayor, en realidad se orientan a otro tipo de usos. Esto impacta no solo en la disminución del tiempo que se le puede dedicar a la lectura, sino en las capacidades que están en juego.
La atención y la memoria son habilidades que se ven afectadas con el uso de esta tecnología. Ver videos o tweets que se suceden vertiginosamente no alientan el esfuerzo más sostenido que requiere la lectura de un libro. En conjunto, las llamadas funciones ejecutivas —habilidades cognitivas básicas que intervienen en la planificación, organización y control de nuestras acciones— son afectadas por el uso continuo de estas tecnologías.
Por todo ello, Filgua resulta una actividad importante. Aunque es un granito de arena, resulta necesaria para fomentar la lectura. De hecho, se necesita una política de país que lo haga y que nos lleve, como lo indica el eslogan, a un país de lectores.









