Estábamos ahí reunidos y reunidas un buen grupo de personas que creen en la literatura como un camino para crear mejores escenarios para la convivencia. Mientras una de las presentaciones se realizaba, la panelista preguntó al público que le escuchábamos atentamente «¿Creen ustedes que ha cambiado algo en Guatemala? ¿Valdrá la pena seguir hablando de lo que sucedió en el pasado?» la mayoría —por no decir todas— nos quedamos en silencio y nadie dijo nada.
Falta mucho, desde luego, pero quiero permitirme —al menos por ahora— ser optimista, no me cabe la menor duda de que la memoria seguirá tejiéndose gracias a muchas y a muchos que creen en la belleza como mecanismo para sanar las heridas que nos hicieron.
La pregunta me generó la necesidad de ver a mi alrededor y en esa acción, encuentro a mucha gente caminando entre los diversos stands de librerías y proyectos editoriales, veo a niñas y niños corriendo con libros entre sus manos, una mujer joven con la mirada atenta a un libro que termina por comprar. Alcanzo a observar, desde donde estoy, a una familia entera prestando suma atención a la explicación de una editora que, de la forma más seria y detallada, les cuenta la razón de su trabajo, veo un espacio lleno de vida y eso, es de por sí, una enorme victoria.
Así transcurre ese día y los siguientes de la octava Feria del Libro de Xela, organizada por un grupo de gente que, sin ánimo de figurar, se toma a cuestas el trabajo de mantener con vida un proyecto que, afortunadamente, está creciendo. Veo a personas de distintas edades entrar y salir de la Feria, veo también a gente que se saluda fraternalmente; otras, caminando solitariamente. En un país que parece estar destinado al abandono y a las malas noticias, existen atisbos de luz que hacen pensar que, a pesar de todo, hay esperanza.
La memoria podría decirse que es la forma en la que, de forma individual y colectiva, configuramos, sentimos y nos relacionamos con nuestro pasado —desde el más remoto al más cercano— para poder darle sentido a nuestro presente y plantear el futuro. En la filosofía maya, el tiempo convive en un solo momento; es decir, el futuro, pasado y presente como un único tiempo entrelazado, y eso fue lo que sucedió durante los días de la FilXela: el eterno presente existiendo, una comunidad viéndose así misma, haciendo memoria, encontrándose a través de un libro, conviviendo. Sí, algo ha cambiado.
Se ha ganado mucho, los horrores del pasado han sido escalones que han permitido que una niña o un niño tenga la posibilidad, hoy en día, que en un espacio que antes estaba dedicado a la represión, pueda descubrir en un libro otras posibilidades. Que en el mismo espacio en el que se cometieron terribles atropellos a la dignidad y a la vida, ahora se realice una feria del libro en la que se puede hablar abiertamente. Falta mucho, desde luego, pero quiero permitirme —al menos por ahora— ser optimista, no me cabe la menor duda de que la memoria seguirá tejiéndose gracias a muchas y a muchos que creen en la belleza como mecanismo para sanar las heridas que nos hicieron.









