Mariano González

Fascismo y rebelión en una galaxia ¿muy, muy lejana?

 La temporada uno y dos de Andor, perteneciente a la saga de Star Wars, presenta un contenido político explícito muy interesante, que se puede adaptar a muchas situaciones históricas y de actualidad. Ambientada en una «galaxia muy, muy lejana», ofrece una trama, situaciones, imágenes y personajes dentro de un régimen autoritario con tintes fascistas y el esfuerzo de distintos grupos por organizar una revolución, que derroque al poder gobernante.  

 Aunque existe un «senado galáctico» que se mantiene en funciones, este se subordina a la figura del emperador y a un complejo policial militar que se encarga del control de la disidencia. Uso de un universo concentracionario (cárceles-centros de trabajo), control de la información, espionaje, redadas, tortura, infiltración en movimientos rebeldes, acciones militares directas, se encuentran en el amplio abanico de operaciones contrainsurgentes y de sometimiento poblacional.

Esto no es resultado únicamente de la voluntad irracional del emperador en su afán por controlar la galaxia (ni siquiera aparece, solo se le nombra), sino de la forma de operar de una organización estatal altamente burocrática y eficiente. Se apoya en procesos racionales y técnicos refinados que pueden incluir la tortura y el uso extendido de la violencia, lo que despierta miedo como objetivo político[1].

La construcción de sus personajes también es más compleja que la habitual. Aunque hay malos muy malos (ya se ha dicho que el imperio galáctico es como un nazismo espacial), los personajes no representan modelos puros, sino que poseen matices y contradicciones, son más reales.

Hay aspectos que parecen referirse a contextos históricos particulares. Ferrix es un planeta de obreros y tiene una organización comunitaria conformada por mujeres y pobladores. Los episodios del planeta Ghorman tienen ecos de la resistencia francesa frente a los nazis, aunque hay que señalar la falta de orientación política que guíe más efectivamente su proceso de resistencia y son manipulados según los intereses del complejo policial-militar. En ambos lugares se instaura una ocupación militar, tras revueltas de la población. Y la búsqueda de migrantes y eventuales deportaciones en Mina-Rau, el planeta donde se refugian Andor y Bix, pueden representar las redadas de migrantes en los Estados Unidos de Trump.

En el caso de los grupos rebeldes, estos también parecen contener distintas referencias, pero hay un aspecto que quiero resaltar. El personaje de Lutien y su forma de operar, muestra la clandestinidad a la que los grupos rebeldes/revolucionarios se tienen que abocar para actuar efectivamente. Mientras acumulan fuerzas y construyen su propio aparato militar, deben reunir información, materiales y reclutas mediante un trabajo de organización. Al mismo tiempo, preparan operativos militares sorpresa para atacar a las fuerzas enemigas y disputar la hegemonía. En el siglo XX, quienes operaron de esta forma fueron los partidos comunistas y los grupos guerrilleros revolucionarios y nacionalistas. 

La construcción de sus personajes también es más compleja que la habitual. Aunque hay malos muy malos (ya se ha dicho que el imperio galáctico es como un nazismo espacial), los personajes no representan modelos puros, sino que poseen matices y contradicciones, son más reales. Los malos incluyen funcionarios que realizan su trabajo, celosos de su deber y, en varios casos, mantienen distancia frente a los resultados de sus acciones. Y los rebeldes, empezando por Andor y Lutien, tienen un propósito noble (derrocar al gobierno despótico), pero utilizan los medios a su alcance, incluyendo la mentira y el asesinato.

Claro que una serie de ficción puede tener múltiples lecturas e interpretarse de muy distinta forma. Se puede simplemente disfrutar de la ficción que propone, pero Andor ofrece una representación interesante de los regímenes fascistas y de las rebeliones que se producen en su seno. Su forma de representar el control y el poder, así como la rebelión, muestra cómo operan estos fenómenos en la realidad, adaptándose a situaciones políticas «muy, muy cercanas».   

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[1] Si se es preciso, este tipo de gobierno no encaja exactamente en un régimen fascista. Es autoritario y contrario a las libertades individuales, antidemocrático, pero no comparte otras características como el apoyo de las masas al líder (hay miedo y apatía, no apoyo), una ideología «nacionalista» ni un marcado anticomunismo, entre otras.


 


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