Para Ekman, las emociones básicas hacen referencia a todo aquello que la persona siente sin importar diferencia alguna de cultura o contexto; por otro lado, las secundarias son el resultado de cómo cada persona se ha desarrollado en escenarios específicos, tanto aspectos culturales como influencias del entorno.
Por su parte, Greenberg menciona que debemos prestar atención a las distintas emociones. Las emociones primarias son las que guían a las personas a reconocer sus necesidades, funcionando como una orientación confiable en momentos específicos. Por ejemplo, si una empresa despide a una asistente de recepción, es natural que ella se sienta triste: ha perdido su empleo, lo cual genera una necesidad inmediata de ingresos para sobrevivir. Esa tristeza es una emoción primaria, porque responde adecuadamente al contexto vivido.
No se puede ignorar la constante angustia, miedo o ira que experimentan las personas al enfrentar dificultades para conseguir empleo, evitar ser víctimas de asaltos, extorsiones o accidentes, llegar puntualmente al trabajo, garantizar la alimentación diaria o enfrentar las violencias de género, entre muchas otras situaciones.
Asimismo, Greenberg explica que las emociones secundarias entorpecen el curso natural de las emociones, lo que dificulta el reconocimiento de la emoción primaria y genera confusión sobre lo que realmente sentimos o necesitamos. Estas emociones están influenciadas por factores externos como la cultura, las creencias o las expectativas sociales. Por ejemplo, la misma persona despedida podría sentir enojo hacia quien pidió su renuncia, creyendo que no merece ese puesto. Ese enojo, como emoción secundaria, puede enmascarar la tristeza primaria. Al hacerlo, limita la capacidad de identificar las necesidades reales, como la búsqueda de estabilidad, seguridad o calidad de vida. En este sentido, el enojo funciona como una cobertura emocional que impide conectar con la emoción organizadora del ser humano: la emoción primaria.
Guatemala es un país atravesado por múltiples formas de violencias cotidianas. No se puede ignorar la constante angustia, miedo o ira que experimentan las personas al enfrentar dificultades para conseguir empleo, evitar ser víctimas de asaltos, extorsiones o accidentes, llegar puntualmente al trabajo, garantizar la alimentación diaria o enfrentar las violencias de género, entre muchas otras situaciones.
Considero importante tener presente la gestión emocional. En este sentido, también se debe mencionar que existen otros autores, como la psicóloga Raquel López en su publicación «Guía de gestión emocional: cómo sentir todo lo que no nos han enseñado a sentir», quien brinda una ruta para ordenar y comprender qué existe realmente tras ese «mal» y «bien» a la pregunta: ¿Cómo estás?
Ante este abordaje de las emociones, es necesario reflexionar, como sociedad: ¿Qué hacemos para escuchar nuestras emociones primarias? ¿Tenemos herramientas en el entorno para poder gestionarlas?









