Mientras tanto, en mis audífonos suenan sin ningún pudor los Sweet Desire con Raspberry Joe Blues (2023), y me dicen:
Oh, dear princess I am caught/ These scars make me distraught/ Heaven ignored all my prayers/ But the devils answered me with theirs
Piano, bajo, guitarra, y una poderosa batería, acompañan a una estética —elemento fundamental para el rock— que te lleva directamente de vuelta a 1975. El sonido de esta banda de Pensilvania, etiquetada como hard rock, es psicodelia y blues en estado puro y duro.
Sweet Desire forma parte esa escena en ascenso del blues rock, que en los últimos años conoce un momento importante, principalmente gracias al éxito de los Black Keys, que lanzaron un disco hace pocos meses. Como toda banda joven, su currículum menciona las bandas para las cuales han abierto conciertos, como Quiet Riot, Steve Miller Band y otros.
La influencia del «blues» en el «rock», y la fusión de ambos géneros, tiene un capítulo en los años 60 y 70 que, juzgado con los parámetros de esta época, sería tipificado como apropiación cultural y probablemente condenado y cancelado sin mediar palabra.
El sonido vigoroso, sofisticado y bien trabajado de esta banda, me recuerda a los Radio Moscow, casualmente una de las bandas que Dan Auerbach —vocalista y guitarrista de los Black Keys— impulsó en su tarea de productor. Y no debo ser el único que, al escuchar la presencia de un teclado, sonríe al recordar a Ray Manzereck, el genio en The Doors. Y en este apartado, la canción Queen of the Dawn (2024), constituye una tarjeta de presentación brillante. La influencia del blues en el rock, y la fusión de ambos géneros, tiene un capítulo en los años 60 y 70 que, juzgado con los parámetros de esta época, sería tipificado como apropiación cultural y probablemente condenado y cancelado sin mediar palabra. De repente, un montón de jóvenes hombres blancos se interesaron en un ritmo que tocaban personas afrodescendientes. Empezaron a recorrer el sur de los Estados Unidos, y los vecindarios pobres de las ciudades en la búsqueda de los intérpretes, coleccionar grabaciones —usando la vieja fórmula de se compran discos viejos— y usar el ritmo para sus propias creaciones. Esta especie de cacería de los bluesmen.
El siguiente capítulo en esta historia viene de la mano de Dan Auerbach y Patrick Carney, que en el material promocional de Ohio Players (2024), cuentan la historia de conducir un par de días para escuchar a Junior Kimbrough, para llegar y darse cuenta de que el concierto había sido cancelado por enfermedad. Producto de esta historia, el brillante disco Chulahoma (2021) vería la luz, como uno de los mejores homenajes jamás realizados a un bluesman.
Al terminar estas líneas sigo escuchado y disfrutando de Sweet Desire con Year of the Outrage. Un estilo indudablemente hippie en la noche del reinado del autotune y las letras simplonas, siempre viene a refrescar el ambiente.









