El 11 de abril de 1524 Pedro de Alvarado salió de la ciudad de Utatlán hacia Iximché. Su llegada el 12 de abril de 1524 no fue una sorpresa; lo esperaban los gobernantes kaqchikeles para materializar una alianza, que cuatro meses después se rompería tras los abusos e incumplimientos por parte de los españoles, quienes tras la sublevación del pueblo kaqchikel desencadenaron en su contra una ola de violencia y persecución que duró años.
La insistencia por la memoria e historia radica en la importancia que tiene el reconocimiento de nuestros pasado y origen en nuestra vida presente, no es un mito la idea de que «el pasado puede volver a repetirse». La importancia del conocimiento de la historia es bien sabida por los colonizadores hasta hoy, es por ello que el genocidio contempla un proceso planificado de exterminio del registro histórico, científico y artístico de un pueblo, con la intención de deshacer su cultura, identidad e ideología colectiva.
Seguir reproduciendo la idea de que el pueblo kaqchikel traicionó a los otros pueblos al aliarse a los españoles en 1524, es una muestra clara de cómo 500 años después el pensamiento colonial sigue nublando nuestra visión
Seguir reproduciendo la idea de que el pueblo kaqchikel traicionó a los otros pueblos al aliarse a los españoles en 1524, es una muestra clara de cómo 500 años después el pensamiento colonial sigue nublando nuestra visión sobre el contexto en el que el pueblo kaqchikel decide, en un primer momento, no enfrentarse a los españoles como lo hicieron otros, sino «negociar» para evitar la matanza y políticamente obtener de ello una mejor condición de vida durante el proceso de expansión de los españoles en Guatemala. Ambas cosas no solo no sucedieron, sino que se perpetuaría una imagen de deslealtad, a la cual se recurre hasta hoy para reprochar a «los indígenas» el hecho de estar «divididos».
No pudo haber traición si no existía entre las distintas culturas la concepción de unidad de pueblos, señoríos o reinos; la categoría «indígena» es una «unidad» impuesta con el objetivo de homogeneizar, porque de esta forma se simplifican los hechos para poner en marcha la versión de una historia deformada, en la que se debía aventajar siempre a los españoles. Metafóricamente es como si se forzara a hacer ver a distintas naciones como una sola, cuando no solo no lo eran, sino que además tenían diferencias y tensiones políticas.
Tras 32 años de experiencia, desde que en octubre de 1492 Cristóbal Colón y su tripulación llegaran a las Bahamas, las formas de operar de los españoles en territorio «americano» también se fueron transformando, pues si inicialmente el fin era de exploración (económica), al percatarse de las riquezas que en estos «nuevos» territorios existían se concretó la intención de invadir y colonizar para dominar y saquear, manteniendo la cantidad de indios necesaria para que trabajaran forzadamente las tierras robadas y obligarlos a tributar, servir y alimentar a los españoles.
No fue un hecho fortuito que Hernán Cortés enviara a Guatemala a Pedro de Alvarado ese 6 de diciembre de 1523, cuando este partió de Tenochtitlán acompañado de sus aliados de Tlaxcala y Cholula, ingresando a Guatemala en febrero de 1524 y que dos meses después llegara a Iximché y durmiera en esa ciudad la cual un tiempo después quemó y a cuyos gobernantes ejecutó o sometió a lavar oro hasta su muerte.









