Mónica Albizúrez

Lucrecia Hernández Mack

Puedo recordar una noche lluviosa al principio de la década de 1990. Trabajaba con un grupo de jóvenes católicos, yo tendría veintiuno o veintidós años y, con velas encendidas, fuimos al primer aniversario del fallecimiento de Myrna Mack. Una iglesia del centro y la naciente conciencia de que la violencia en Guatemala estaba enraizada en una sociedad que merecía mejores tiempos.

Relaciono mi juventud como estudiante universitaria con la lucha de una hermana: Helen Mack. Para quienes tenemos hermanas, la tenacidad de Helen fue una interpelación de amor en medio de condiciones extremadamente adversas. Buscó pruebas incansablemente para condenar al culpable de la ejecución de Myrna Mack. Su vida cambió en función de la justicia. Yo pensaba en lo que una está dispuesta a hacer por una hermana asesinada.

Recuerdo una foto de esos tiempos: Hellen Mack abrazada con Ronalth Ochaeta luego de haber logrado que se dictara sentencia condenatoria. En mi imaginario, fue una luz.

Seguí a una mujer que me transmitía la idea de entrega alegre y generosa.

Nunca conocí a Lucrecia Hernández Mack. Soy una de tantas votantes que empezó a seguir sus pasos a través de un acercamiento a la política, después de años de escepticismo. Me convenció la claridad de su discurso y el temple para defenderlo. Nada de medias tintas. En sus recorridos a través de la geografía guatemalteca, seguí a una mujer que me transmitía la idea de entrega alegre y generosa por las ideas. En un tiempo más cercano, cuando mucha gente pensaba que era mejor no votar o participar en las elecciones, Lucrecia Hernández Mack tuvo la clarividencia de decir «no, eso quieren los corruptos. Por el contrario, a votar masivamente». Cuánto le debemos en estos días de esperanza.

Mi mamá murió de cáncer y sé las penas que se pasan. La incertidumbre. El dolor por un cuerpo que va desapareciendo. La vida que se parte en un antes y un después.

Hace apenas mes y medio, el 11 de julio, mi hermana y mi sobrina vieron a Lucrecia en un café. Mi sobrina colecciona mensajes y firmas de personas que admira en un cuaderno que guarda con ilusión. Ese día no lo llevaba. Mi hermana se acercó a Lucrecia y ella amablemente tomó una servilleta y escribió: «Querida Valentina: te deseo que seas una mujer feliz y una mujer libre y poderosa. Abrazo fuerte, Lucrecia Hernández Mack».

Descanse en paz. Gracias por tanto.


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