Álvaro Montenegro

El viento es sinónimo de libertad

El viento es sinónimo de libertad. Hace poco lo palpé en las faldas de un monte, sentado en una apaciguada planicie.

El viento sopló allí como sopló en mi memoria en lugares lejanos como San Sebastián, en La Concha, esa herradura de arena blanca que recibe un mar perfecto y casi silencioso. Ciudad marítima con viandas de primer orden, a donde fui hace una década y comí y bebí hasta amanecer caminando sobre el malecón que bordea esta bahía de La Concha y desde donde se ven, pequeños, los dientes de la escultura con garfios conocida como Peine del Viento, que acolocha el aire que se deja sentir, irrefrenable aire, para que, ya coqueto, pueda ingresar a posarse sobre este pueblo-con-mar, como diría el cantante andaluz.

El viento es sinónimo de libertad. Por un lado, se siente resplandecer el cuerpo cuando nos arremete a golpes ese aire incontrolable, nos penetra suave y violento en cada poro y, al mismo tiempo, adentro, como un eclipse, se cierra y se abre algo, se suelta uno hacia una hamaca de nubes. No hay sensación más bella. Un siguiente episodio memorable ocurrió cuando caminaba por otro malecón, en Montevideo, buscando, camino al Estadio Monumental, la casa de un amigo guatemalteco (apenas amigo, recién conocido) que me llevaría a conocer la vida nocturna. Entonces no era tan fácil el uso de Google Maps, por lo que me extravié sin prisa y me tendí en diferentes bancas, donde leí fragmentos de las historias de amor de Bioy Casares y me sentí un poco él, un poco ese infantil sujeto con emociones cauterizadas y exacerbadas, componentes ambas de una misma moneda. Lo ameno de Bioy es que se burla de sus desgracias amorosas, cuestión reservada para los pocos dispuestos a no llevarse a sí mismos tan en serio. En ese ínterin, entre cuentos de Bioy, me situé recostado en el malecón sobre la playa. Y allí, con las piernas sobre la arena, en el junio de un año del cual no quiero acordarme, sentí ese chiflón bendito que al evocarlo aún me retumba como un grito en una cueva vacía.

Esta tarde honro al viento, al viento que es sinónimo de libertad, que nos persigue en este noviembre gris como todos los noviembres.

El viento es sinónimo de libertad. En otro viaje, a Cartagena, experimenté ese momento que viven las hojas cuando el aire las revuelca. No me tumbó, pero casi. O eso sentí o quise sentir. Se miraba cómo la brisa brava se paseaba entre las sombrillas abriéndolas como paracaídas horizontales. Recordaba, viendo esos paraguas perdiéndose en las calles, a Cortázar y a Rayuela y esa forma unánime en que la Maga se relacionaba con estos objetos tan propios de temporadas heladas. Hace poco leí un artículo de Villoro en el que él reclama «la melancolía del paraguas» y asegura que las nuevas generaciones —o sea, nosotros y los que vienen detrás— no acostumbran usar escudos contra la lluvia. Simplemente nos mojamos. Las sombrillas se me rompen por no usarlas, me dijo alguien hace poco, cuando le comenté ese texto.

Esta tarde honro al viento, al viento que es sinónimo de libertad, que nos persigue en este noviembre gris como todos los noviembres.


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