Trato de mantenerme a flote y de pensar en la fortaleza que tienen mis papás, quienes después de todo lo que vivieron en la guerra siguen en pie de lucha. Pero soy de otra generación, más débil tal vez. A una le enseñan a respirar y a guardarse todo el aliento, pero hoy quise sacarlo y llevar este homenaje a un plano más íntimo, personal.
Yo no tengo patria. Guatemala duele hasta los huesos y cada vez que puedo salgo corriendo de aquí. Huyo. Me cuesta vivir el dolor porque lo cuestiono constantemente. ¿Tengo derecho a ello? Si aquí se muere de hambre y de pobreza. Sigo siendo de las minorías privilegiadas.
Escribir cada año implica abrir una ventana que deja entrar el viento, ese soplo frío que prende más el fuego que llevo dentro. Estoy cansada. Por eso hoy Andrea, mi sobrina, quiso sumarse a compartir unas palabras en honor a mi hermano, a quien con todo nuestro amor llamábamos Pepe.
Andrea solo tenía siete añitos de vida cuando le quitaron a su papá. Hoy escribe con el alma:
«No somos los únicos a los que la violencia nos ha quitado a nuestro papá. No somos los únicos que hemos llorado sentados en una lápida. No somos los únicos que nos hemos preguntado por qué a nosotros. No somos los únicos que hemos sentido dolor y odio.
»Guatemala, me aterras, me haces sentir insegura, me haces sentir miedo.
»¡Basta ya! ¡Basta de tanta violencia!».
Escribir cada año implica abrir una ventana que deja entrar el viento, ese soplo frío que prende más el fuego que llevo dentro.
Hemos tratado de salir adelante y lo hemos hecho. Tanto Andrea como José Pepi han sido el eje central de nuestras vidas. Andrea estudia Nutrición, va a la mitad de su carrera y en estos días le dan un premio a la excelencia académica en la Landívar. Pepi avanza su carrera de Ingeniería en Electrónica, es más sociable y siempre está sonriente, pero es también más hermético y reservado sobre cómo lleva el dolor de su papá.
Imaginen que no solo tenemos que vivir con el dolor que nos provoca la ausencia física de Pepe, sino también con la rabia y la indignación de que su crimen siga impune. Y, peor aún, ver que uno de los principales escenarios, Aeronáutica Civil, sigue siendo el mismo nido de corruptos y una pieza importante del pacto de estos. Pero mejor dejo eso ahí y vuelvo por donde empecé.
«No somos los únicos». Y seguimos de pie porque amamos y honramos la vida. Y yo, aunque esté llena de cosas que estallan por dentro, lucho con el un día a la vez. Todos lo hacemos. Como escribe Andrea:
«Un “te extraño” no me alcanza para expresarte lo mucho que me haces falta. Tu partida me dolió tanto tanto que ahora aprendí a vivir con ella, y con lágrimas en los ojos y un vacío en mi corazón escribo este mensaje esperando algún día volver a encontrarme contigo».
En nuestra casa, desde que tengo uso de razón, está colgado un cuadro con una estrofa de un poema del héroe y mártir Otto René Castillo. Cada vez que lo leo, me seco las lágrimas y sigo, seguimos.
Guatemala: aquí no lloró nadie.
Aquí solo queremos ser humanos,
comer, reír, enamorarse, vivir,
vivir la vida y no morirla.
¡Aquí no lloró nadie!
Extiendo este homenaje a cada corazón de mi familia, especialmente a mi papá, Amílcar Méndez, y a mi mamá, Míriam Dardón. ¡Pepe vive!









