María Isabel Mayorga

Perdónenme

Por no ser atrevida, por intentar por décadas no caerle mal a nadie, no incomodar, no alzar mi voz, no estar en desacuerdo.

Perdónenme por no tener ideas y opiniones propias. Pero no tengan pena. Las ideas de ustedes estaban muy buenas. Ya no hacía falta comentar las mías. Ustedes lo hicieron muy bien. Yo, contenta de apoyarlos. A sus órdenes siempre.

Perdónenme por aguantarme los gritos de BU, sus cambios de humor, sus regaños; los gritos de L, la de Mercadeo, que era tan insegura y vacía, como una niña de 15 años. Perdónenme por no pararme y hacerles saber mis deseos y mis opiniones. No importa. Siempre eran mejores las ideas de los demás, y yo soy buena trabajando en equipo.

Y perdonen también esa pasividad agresiva que me caracterizó siempre, gracias a la cual parecía que todo estaba bien, que todo me resbalaba, que yo no era tan inteligente ni tan sensible ni tan perspicaz como creían, mientras mi verdadera esencia se resentía y asqueaba de verme tan inútil, tan callada, tan sumisa.

Perdónenme por aguantar. Las bromas machistas, las ofensas, los insultos. La metida de mano de ese asqueroso compañero de maestría, el húngaro, cuyo nombre empieza con a, con a minúscula. Él es un hombre cobarde y minúsculo, pero un mayúsculo mentiroso, ya que después de la manoseada fingió haber estado borracho y no saber qué había pasado.

[El resentimiento] no es, lamentablemente, una emoción poco común. Hasta Fromm indica que es resultado de la opresión. Es la reacción natural de la opresión.

Perdónenme por ir en desorden. Por estar al servicio de todos ustedes, de manera impecable, fingiendo ser atenta al más mínimo detalle, pero por dentro tener el alma inquieta, como la de una poetisa o una artista, pero por fuera fingir, cuadrar celdas en hojas de Excel y hacer minutas de reuniones con directivas a menudo llenas de gente soberbia, altanera, superficial.

Perdonen por el veneno que llevo dentro. Intenté que Dios lo aplacara, pero una relación cercana con el ser supremo, con el creador, con mi dios, no ha logrado limpiar tanto odio y resentimiento. Hasta los teólogos escribieron sobre el resentimiento. No es, lamentablemente, una emoción poco común. Hasta Fromm indica que es resultado de la opresión. Es la reacción natural de la opresión.

¿Y qué pasa si uno se dejó oprimir por años? ¿Si ni siquiera sabía que estaba siéndolo? ¿Qué pasa cuando ya se cansó la poetisa rebelde y quiere salir corriendo, gritar la verdad, pero no sabe cómo salir y relacionarse con los que ya conocen muy bien a la otra calladita, sumisa y servicial, pero algo pasivo-agresiva?

Cual víctima de abuso que no sabe cómo salir del ciclo, me grita, le grito de vuelta, le pido perdón, me ignora, le lloro, le hablo, me sigue ignorando, comienzo un monólogo para tratar de reconciliarme con alguien, con él, conmigo misma, con mi vida a los cuarenta y pico de años, con mi voz como persona, con mis anhelos como mujer y como profesional, con mi rol de mamá, con mi alma, con Dios…

Perdónenme, hijos. Yo quería ser un buen ejemplo para ustedes. No sé si lo voy a lograr.


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