Míchel Andrade

Desconfianza

Al empezar estas líneas estoy escuchando Blood Boil, de Little Hurricane (2019), que siempre resulta refrescante por ese viejo sabor a blues rock traducido a su expresión más sencilla: la comunión entere una guitarra eléctrica y una batería.

Enciendo la computadora para empezar la jornada de teletrabajo con varias sesiones virtuales en la agenda. Los psicólogos han escrito ya hasta la saciedad sobre la fatiga provocada por las videollamadas, y sus hallazgos seguramente se habrán discutido ya en algunos eventos académicos celebrados vía Zoom. Escaleras abajo escucho el sonido de una pequeña discusión, de aquellas que han empezado a aparecer con alguna frecuencia gracias a la llegada de la adolescencia a esta casa. Un portazo parece ser el colofón de alguna disputa que en un par de horas podría parecer irrelevante o resultar en la elaboración de sofisticadas reglas de comportamiento.

El sonido de esa puerta cerrándose luego de una discusión sirve como una alegoría para describir los niveles de confianza de la ciudadanía de algunos países del istmo centroamericano en sus Gobiernos. El manejo de la pandemia y el avance lento y escaso de la vacunación solo han venido a ahondar esa brecha entre ciudadanía y Gobierno, que ya existía antes de 2020.

Ese divorcio se refleja en, entre otras cosas, un modelo macroeconómico que prospera con tasas nunca inferiores a un 75 % del empleo ubicado en la informalidad. La mayoría no tiene el privilegio del teletrabajo y tampoco tenía ni tiene beneficios como el acceso a servicios de salud estatales o un seguro de desempleo, lo cual añade elementos a la tragedia de un sistema de salud pública desbordado y mal atendido durante décadas, así como al retroceso de los derechos laborales.

La ciudadanía se acostumbró a vivir en un mundo paralelo en el que los políticos mienten y los escándalos de corrupción son los principales titulares de los periódicos.

Los Estados de esta región han mostrado sistemáticamente muy poca voluntad para abordar temas complejos y no pueden salir de los márgenes de sus estructuras burocráticas, que responden a un diseño poco más o menos decimonónico, pero con acceso a wifi. Por su parte, la ciudadanía se acostumbró a vivir en un mundo paralelo en el que los políticos mienten y los escándalos de corrupción son los principales titulares de los periódicos. Pero, de todas formas, la vida sigue igual. Porque nadie más va a generar ingresos para la subsistencia.

La fragilidad de la situación hace que, por ejemplo, un rumor sobre el esquema de la contratación de las vacunas se extienda con rapidez y se consolide como una verdad absoluta sin que los comunicados oficiales sean capaces de contrarrestar esos efectos. Las dudas quedan asentadas en el común de los usuarios de las redes sociales, a quienes poco les importa que la embajada del país que fabrica las vacunas haya confirmado que este las vendió bajo el mecanismo que habitualmente utiliza o que los documentos que circulan en las redes digan que Argentina compró sus vacunas a través del mismo intermediario oscuro.

Termino estas líneas escuchando Sick Lullaby, de Unkle (2017), una composición oscura que le da algún significado a un cielo gris que amenaza con lluvia. La vacuna contra la desconfianza en la clase política está aún más lejana.


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