A pesar de que Guatemala va muy a la zaga con relación a la inmunización contra el SARS-CoV-2 (entiéndase, somos uno de los coleros), no podemos dejar de alegrarnos por la humanidad misma y porque ese influjo (el de la vacunación a nivel mundial) tarde o temprano nos llegará.
Las vacunas se están administrando en lugares tan increíbles como los campos de refugiados en Zaatari o las milenarias catedrales de Inglaterra, entre ellas la de Salisbury. En el medio quedan lugares tan espectaculares como inconcebibles para inyectar una vacuna, tal el caso de la base de la enorme estatua de Cristo Redentor de Río de Janeiro, en Brasil. Esa es la razón por la cual nosotros no debemos perder la esperanza: la vacuna se está administrando y tendrá que llegarnos por cualquiera de las vías posibles.
En mis artículos he insistido hasta la saciedad en que los científicos ya cumplieron su cometido: consecución de medios diagnósticos seguros, económicos y confiables y el desarrollo de las vacunas. Más de 30 proyectos había a pocos meses de haberse declarado la pandemia, y hace ocho días se rebasó el millardo de vacunados en el mundo. Ahora toca la gestión de los políticos. En ello también he machacado, ya que en Guatemala la dirigencia política está en deuda con la población a la que se debe. Y ese débito está generando mucha incertidumbre en las comunidades. Ellos (los dirigentes políticos) no deben olvidar que es obligación del Estado garantizar la salud de todos los guatemaltecos.
Pero, sin perjuicio de las opiniones vertidas en orden a los escenarios reseñados (internacionales y locales), creo que muy pocos hemos puesto atención a nuestro entorno personal. Por ejemplo, ¿nos habremos preguntado qué podemos hacer desde el metro cuadrado que nos rodea para ayudar al vecino a enfrentar la pandemia?
Ya hay más de mil millones de vacunados en el mundo, y ello, como los arcoíris que se forman con frecuencia en el campus […] de la Verapaz […], es un signo de esperanza.
Hace pocos días, los miembros de un grupo de amigos hicimos el ejercicio de contestar esa pregunta y tuvimos dos respuestas en común. La primera fue: «No correr riesgos ni provocar que otras personas corran riesgos. Ello implica cuidarnos, guardarnos lo más posible, evitar aglomeraciones y no ser imprudentes». La segunda fue: «Hacer frente a la desinformación». Un compañero nos relató un caso patético de información errónea con la que tuvo que lidiar: un individuo le juraba que la vacuna modificaría el ADN de quienes la recibieran, pero no sabía siquiera la diferencia entre el ARN (ácido ribonucleico) y el ADN (ácido desoxirribonucleico). Pese a que nuestro amigo le hizo caer en la cuenta de ello, el hombre no salió de su obstinación. Su único argumento fue: «Yo sé mucho porque he consultado en las redes sociales».
De esa cuenta, nos propusimos trabajar en orden a dos escenarios: predicar con el ejemplo en cuanto a los cuidados que debemos tener más allá del uso de mascarilla, del lavado de manos y del distanciamiento físico y también trabajar en contra de las noticias falsas y de los discursos de aquellos individuos que sin base alguna desacreditan el trabajo científico y humanitario que se hace en los laboratorios de investigación y en los centros de atención de primera línea. Porque no es justo que, mientras unos investigan y otros aplican el conocimiento para frenar la pandemia (exponiendo su vida), unos pocos despotriquen en contra de esas nobles tareas sin tener un mínimo de conocimiento para hacerlo.
Ya hay más de mil millones de vacunados en el mundo, y ello, como los arcoíris que se forman con frecuencia en el campus San Pedro Claver, S. J., de la Verapaz (URL), es un signo de esperanza.









