Año de mierda, fue lo primero que pensé.
Me enfrento a imágenes de la adolescencia mirando al Napoli por la televisión. Falta y tiro libre. Walter Zenga coloca la barrera y el Diez la pone arriba, en una esquina. «Maradona», parece decir, encogiéndose de hombros, ese portero que fue leyenda en la selección italiana. Un poco más tarde, la Juventus colocó en sus redes la imagen del tiro libre dentro del área que entra en un ángulo imposible.
Claudio Mauri narra en La Nación, en términos míticos, la vida del Diez usando el término hipérbole para describir las razones del fervor popular en la Argentina. La crónica de El País firmada por Andrés Burgo contiene términos como dependencia a las drogas, afecciones cardíacas, problemas respiratorios y otros, pero termina enunciando que la Argentina del confinamiento eterno vive en la edad del fin de los héroes.
Repaso las imágenes de Santa Maradona, de Mano Negra (Casa Babylon, 1994), mientras las redes sociales se llenan de videos con los goles a Inglaterra en el 86 y el de Caniggia a Brasil en el 90.
El Gobierno argentino decreta tres días de duelo nacional, y la tristeza alcanza a Nápoles, donde la gente se reúne en el Quartieri Spagnoli. El alcalde de Nápoles le sugiere al club cambiar el nombre del estadio de San Paolo.
No faltan los detractores que recuerdan que en su vida no fue un buen ejemplo para nadie o aquellos que con cada mundial aprovechan la ocasión para recordar, desde alguna pretenciosa plataforma de superioridad intelectual, por cualquier otra razón, que no les gusta el futbol.
Pocos han tenido lo que tenía el Diego para decir con todas sus sílabas la palabra «corrupción» frente a figuras todopoderosas como Joseph Blatter mucho antes del FIFA Gate.
Todo es homenajes y debates sobre el héroe deportivo que no ha sido superado dentro de la cancha. Yo prefiero al Maradona más humano. Difiero de sus preferencias políticas por el oscuro régimen venezolano y de sus gustos musicales, Arjona de por medio.
Yo prefiero quedarme con el tipo que era todos y cada uno de sus defectos, vicios y fantasmas retratado por el documental de Kusturica del 2008, en el cual deja clara su opinión sobre el poder: «En mi país, los políticos se hacen ricos, pero a la gente no le dan nada. A mí me han ofrecido muchas veces ser político y yo dije que no, que no sirvo para robar a la gente. Yo me reúno con políticos y no se quieren reunir más conmigo».
Muchos deportistas han recorrido el camino inverso, el que lleva a la fama, o a los sillones de la Asamblea Legislativa de países como Ecuador. Pocos han tenido lo que tenía el Diego para decir con todas sus sílabas la palabra corrupción frente a figuras todopoderosas como Joseph Blatter mucho antes del FIFA Gate.
Pero si algo me queda del documental de Kusturica es esa frase que puede funcionar como un reclamo de todas las derrotas, redenciones y descensos a los abismos y que podría ser la narrativa de un tango: «Me podrán decir que estoy bien, que estoy mejor, que estoy mejor que antes, pero nadie está dentro mío. Yo sé las culpas que tengo y no las puedo remediar».
El Diez se ha ido. Quedan las memorias.









