El paso estaba cerrado. Opté por desviarme, conducir de nuevo por la carretera, dar la vuelta por detrás del pueblo, subir un kilómetro y dejar el carro en una hondonada después de haber patinado levemente en el lodo. Me bajé y vi hacia arriba. Árboles en el cielo. Tenía varios meses de no recorrer esa montaña. Medimos el tiempo entre antes y después del 13 de marzo, cuando se instaló oficialmente la era pandémica en Guatemala.
No me detuve: seguí subiendo a buen ritmo. De cuando en cuando alzaba la vista hacia los lados en la inmensidad del bosque. Día nuboso. Lástima. Al llegar a la meseta no pude distinguir los volcanes. En el bosque asomaban los arbustos de frambuesas: me las devoré sin culpas. Esta vez iba sola. Lo necesitaba como esos pequeños lujos de mi selección de anhelos: un pedazo de chocolate amargo, el plátano en mole de mi abuela, un mousse de mango, un libro al anochecer, desternillarme de risa con un o una cómplice o un abrazo (sí, un largo abrazo es un lujo en 2020).
¿Cuántos meses han sido ya? ¿Alguien lleva la cuenta? Mi cuerpo sí: se ha vuelto más lento o eso creo. Noto cierta falta de agilidad o de destreza mental. A lo mejor solamente es cansancio, pero es un cansancio diferente. Me percato de que al leer Hunted, de Kevin Lewis O’Neill, e internarme en el mundo de los centros pentecostales de rehabilitación no duermo bien no solo por lo vívido de las descripciones, sino especialmente por la explicación del tiempo muerto en aquellos lugares, como una espera sin fin.
¿Cómo medir el tiempo que vivimos juntos durante estos meses? Es un tiempo extendido, pero no tanto por la espera, sino por los pasos significativos que hemos dado reconciliándonos con nuestra propia vulnerabilidad. Las cosas a veces no se miden tan fácilmente. ¿Cómo colocamos las piezas en este archipiélago (a)temporal? No me convence del todo la figura de colocar las piezas porque, como me escribiera hace varios años un amigo, no se trata tanto de encajar piezas como de entender profundamente qué significa cada uno de los universos que nos habitan hoy. Son universos que están superpuestos, y cada uno deberá encontrar su sentido, más que su ubicación. Por eso remataba: «Creo que es tan importante que el tiempo que te tomés esté en vos».
No son árboles en el cielo. Es un lago en el cielo. Arrastro un pie delante del otro apresurándome. Quiero llegar a la cima. Desisto luego. Lo que quiero es contemplar el bosque; sentarme ahí, en medio de las hojas húmedas; sacar mi pan de carne braseada con lechuga, tomate y mayonesa hecha en casa; morder mi manzana verde; abrir finalmente mi botella de agua. «Quiero ser suave», le dije al encino. «Para evitar tu dureza […] sé por tus marcas cuánto has amado».
Cerati, es verdad. «Puede que no haya certezas», pero este tiempo ha sido sobre todo útil para ponderar los frágiles lazos de la intimidad en la amistad. Ya lo decía Derrida: del tiempo de supervivencia emerge el tiempo de la amistad, no en un sentido funcionalista craso, sino en el sentido político de la amistad como pertenecer con, y no pertenecer a. Los apegos enlazan a las personas a través de espacios, lugares, eventos, objetos, paisajes; apegos que se van construyendo con el tiempo a través de vínculos tan disímiles entre sí como la resonancia de olores, sonidos, sabores, o la corporeización de las memorias.[1] Al amigo, al hermano, a la amiga, a la hermana, a aquellos encinos que alzan sus ramas en el lago nuboso, que saben que aquí y ahora lo importante es callar y estar, los abrazamos por una sencilla razón: si sobrevivimos al azote físico y mental de la pandemia, no es porque seamos fuertes, sino, sobre todo, porque somos frágiles y vulnerables. Esta es, tal vez, la única certeza y parte de nuestra luz.









