Llevaba puesta mi mascarilla —la cual, en un acto de provocación y audacia, corrí un poco hacia abajo para dejar ver impúdicamente la puntita de mi nariz— y una blusa de manga larga. Antes de entrar a la habitación me puse alcohol en gel en las manos.
En el cubículo había una sola silla, la cual se reclinaba 180 grados, hasta quedar convertida en una cama. Al lado había una mesita con una serie de instrumentos variados de puntas finas, todos pulcramente limpios y ordenados. Al recostarme en la silla observé una lámpara de luz grande y brillante. Imaginé que esas mismas lámparas las debían usar los torturadores con sus víctimas, y un frío helado me corrió por la espalda.
Hasta ese momento no ocurría nada y un silencio profundo cortaba el espacio. Mi respiración estaba agitada: era evidente que estaba ansiosa y expectante. No sé cuánto tiempo habrá pasado hasta que escuché unos pasos sigilosos que se acercaban. Cerré los ojos, quizá por miedo o tal vez para que mis otros sentidos se activaran.
Él entró y me saludó con distancia, como un profesional. Pude ver que iba vestido con un traje negro de arriba abajo, incluida una mascarilla que ocultaba media parte de su rostro. Para mi deleite, pude contemplar sus ojos claros, que miraban con intensidad. Desafortunadamente, ese placer no me duró mucho. Él levantó su mano, me quitó la mascarilla y colocó en su lugar una manta que cubría mi cara, pero que, curiosamente, tenía un hoyo sobre mi boca. Como por arte de magia pasé de un tapabocas a un destapabocas. El hechizo me hizo gracia.
Todo el mundo debería saber este secreto: tener la vejiga un poco llena ayuda a lograr tremendos orgasmos.
Él encendió la lámpara, y una luz incandescente me cegó por un instante (a pesar de la manta que tenía en mi cara). Mi respiración se aceleraba mientras una oleada de calor subía sobre mi rostro y un poquito más abajo. Lo escuchaba tomar los instrumentos de la mesa y lo sentía manipular mi cara. «Abra la boca», me dijo con suavidad, pero con autoridad. Obedecí de inmediato.
De ahí en adelante esa fue la dinámica: el amo ordenaba y yo seguía sumisa sus deseos. Suba la cabeza, abra más la boca (su preferida), baje el cuello, acomódese en la silla. Y de vez en cuando preguntaba con dulzura: «¿Se siente bien? Si quiere, podemos parar». Yo le indicaba con mi mano que le daba semáforo verde para continuar.
Fue una sesión larga, yo calculo que de unas dos horas. En un momento determinado sentí que me orinaba. Es normal después de tanto rato. No sabía si decirle que necesitaba ir al baño o aguantarme las ganas. Con indulgencia pensé en las veces en que me he aguantado las ganas de orinar cuando he tenido relaciones sexuales o cuando me he autocomplacido. Todo el mundo debería saber este secreto: tener la vejiga un poco llena ayuda a lograr tremendos orgasmos.
Al final me aguanté, claro.
Casi al terminar esta jornada, mi caballero de negro apagó la luz de torturas, me quitó la manta destapabocas, me ayudó a reclinarme hacia el frente y finalmente me autorizó a enjuagarme la boca con un vaso de agua.
«Hemos terminado», me dijo. Y extendiéndome un espejo agregó: «Mire qué lindas le quedaron las coronas de sus muelas fracturadas».









