Para mí, ambos representan símbolos cercanos y a la vez lejanos. Descifrables desde lo emocional pero incomprensibles desde lo racional. Son vínculos con los sectores excluidos por las políticas públicas, por el sentido común, por quienes trabajan todos los días por conservar lo existente tal y como ha sido.
Los procesos judiciales por crímenes cometidos durante el conflicto armado han construido la historia de este país. El juicio contra Efraín Ríos Montt destapó un cúmulo de verdades acumuladas que se metían, como suele suceder, debajo de los variados juegos de palabras que no se terminan de decir. Yo me refiero a veces a una etapa como antes del juicio por genocidio para evocar un momento en que esta mugre, esta realidad fétida, que marca todos los días estaba oculta, por lo que no respingaba el malestar de un sector dominante que cree que el racismo generalizado es una cuestión menor, nada política ni económica.
La puesta en escena de las estructuras racistas, llevadas a su extremo con el genocidio, implicó inherentemente un dedo señalador que generó un relincho de parte de quienes se sintieron aludidos, de quienes cargan con sus manos y fortunas los designios del Estado, del futuro.
No fueron poca cosa ese juicio y los otros que se dieron en la misma línea, pues acentuaron precisamente lo negado. Gritaron lo que se silenciaba. Y sucedió en todo el mundo, en los medios más occidentales, los más moderados, los más gringos, los más ingleses. Retumbó y, a pesar de los formalismos propios de un poder amenazado, que se materializó en traerse abajo la sentencia en la corte, los relatos ante el tribunal quedaron como un rayo que sigue tronando.
Se configura una larga caricatura de lo nacional en la cual las remesas sostienen la economía de un pueblo que saca a sus hijos a patadas.
Sobre los migrantes puedo decir que, en muchas (¿la mayoría?) de las familias, hay más de alguno que ha debido viajar a ciudades de Estados Unidos ante el tope para desarrollarse que representa Guatemala. Las complicaciones de viajar, de burlar las leyes, la Migra, el desierto. Obtener esa decisión fulminante de quemar naves y partir al misterio. No sé ustedes, pero a mí me parece heroico. Lo respeto y lo agradezco, pues muchos somos hijos de migrantes que se atrevieron a buscar en el destierro lo negado en su propia tierra.
¿Cuántos huesos en el desierto? ¿Cuántas familias desmembradas? ¿Cuánta ausencia entre una potencia mundial y un país de cuarto mundo? Un ejemplo más del fracaso nacional, de que mucho de ese ímpetu en defensa del terruño, aunque es necesario y en muchos casos se fomenta de buena lid, no supone soluciones para sus habitantes. Se configura una larga caricatura de lo nacional en la cual las remesas —producto de la imposibilidad de Guatemala de proteger a sus propios hijos— sostienen la economía de un pueblo que los saca a patadas.
En esta crisis inmensa, planetaria, posiblemente civilizatoria, las vulnerabilidades repican. Los grupos excluidos (indígenas, migrantes) padecen de los peores escenarios al seguir pagando el encarcelamiento cultural que planteó Humberto Ak’abal: «En este país todo queda lejos: la comida, las letras, la ropa…».









