Tengo un espejo que me dice la verdad todas las mañanas, una panza que meto cuando me la veo de lado, una frente cada vez más grande, como mis orejas, como mis ojeras, como mi escroto, aunque no quieran saberlo. Después de ducharme me visto y repito los mismos pantalones, la misma camiseta del día anterior. Total, hoy tampoco saldré.
Tengo un paseo de la fama con títulos de libros jamás escritos, con alardes y mentiras construidas, con mensajes a ninguna parte del falso mundo digital, que viene y va y creo conocer. Tengo opiniones que nadie pidió, gente que genuinamente me odia (y yo sé la razón).
Tengo un marzo en el congelador, un abril con sombras, un mañana igual al de ayer. Tengo varias mesas donde sentarme y servirme una cerveza y escribir o jugar a las cartas, donde hacer cuentas y ver el agua llegar a mi nariz.
Tengo insomnios con muchas enes, duermevelas eternas, iguales, persistentes, sueños entrecortados, desalientos persistentes, elíxires engañabobos, licores que no beberé, drogas que añoro, respiraciones junto a mí.
Tengo miedo. Extraño a Superman.
Tengo mi carro apagado, mis planes frustrados, mis citas en zoom, mis raquetas de tenis guardadas y a Luis Eduardo, que se fue, como Cohen, como Cash, como Bowie, como Saramago, como Monterroso.
Falta todavía mucho para volver a acortar las distancias, para que podamos rozarnos los hombros, tocarnos la cara, probar de tu plato.
Tengo mis rutinas, mis manías tontas, mis obsesiones, mi desorden mental, mis grandes contradicciones, mis mentiras veniales, mis pecados mortales, mi expiación, mi castigo, mis culpas cristianas, mis dioses paganos, mi apostasía en un altar.
Tengo mis silencios rotos, las palabras escondidas, las ganas de decir, el grito ahogado, la página en blanco, el tiempo que se fue con la pandemia, las cosas suspendidas, las medidas de choque. Los números fríos, las proyecciones, la recesión.
Yo sé. Falta mucho para abrir las puertas, para dejar pasar el aire, para caminar sin miedo, para que nos quitemos esas cosas que nos tapan media cara. Falta todavía mucho para volver a acortar las distancias, para que podamos rozarnos los hombros, tocarnos la cara, probar de tu plato. Todavía tendremos que oír himnos en altavoces, sirenas amenazantes, datos de los contagiados, estadísticas, tablas y proyecciones. Mañana la ciudad todavía estará sitiada, las calles vacías, las filas de autómatas esperando entrar al supermercado. Contar las horas para que lleguen las cuatro de la tarde o de la mañana. Los cordones sanitarios, los hospitales de campaña, la guerra a la muerte.
Todavía falta para poder hablar de otras cosas sin que te sientas culpable, de querer cosas superfluas, mundanas, aleatorias. Todavía falta un tiempo para utilizar otras voces, otras palabras, y que no se sientan ajenas. Todavía faltan horas y días para vivir como lo queríamos, para ir a la playa, para visitar ciudades, para conocer otros acentos, otras historias.
Todavía quedan la libertad de conciencia, la mirada crítica, la ciencia, la comunidad, la ciudadanía. Todavía quedan las canciones, la familia, los amigos. Todavía quedan la poesía, las artes, la vida.









