Los leo por ahí y se quedan grabados. Algún documental, una entrevista, un libro, una anécdota de una canción llevan a una cosa y a la otra y a la otra. Y entonces, en medio de una conversación trivial, alguien quiere denostar el futbol local y, buscando el nombre más absurdo para apoyar su punto, habla del Sacachispas de Chiquimula. Y se me viene a la cabeza la historia de los dos Sacachispas, uno porteño y el otro oriental, que fueron fundados en el mismo año e inspirados por la misma película Pelota de trapo. Chiquimula y Buenos Aires unidos por el nombre de un equipo y una película de futbol. Díganme si no es bonita esa historia.
Cuento esto porque creo que ya se llenó mi cerebro. Desde hace unos meses se me van las palabras y los nombres. Muñeca, pulsera, Begoña. No las encuentro cuando quiero nombrarlas. Se escabullen en los recovecos de los pliegues de mi corteza cerebral o en donde sea que se guardan las palabras. En cambio, al escribir no me pasa eso. Abro el cofre y allí están todas las palabras aprendidas esperando salir. Me miran con ojos cachondos, de manzana jugosa, de agua fresca, y me piden salir. Se agolpan y se jalan y se confunden con imágenes de películas, estrofas de poemas, citas de Oscar Wilde. Con coros de canciones, que son muchas, que son demasiadas.
A veces me encuentro con una palabra que guardé tiempo atrás como pitonisa y la dejo en el bolsillo de mi camisa esperando una oportunidad para usarla. Soy un rumiante de las palabras. Las mastico y las digiero en mis veinte estómagos filológicos y se quedan para siembre en mí.
Un país en el que puedes pasar cada día del año, del quinquenio, de la década, de la época independiente, doscientos años, sabiendo doscientas palabras es un país muy pobre.
Por eso me jode este país. Porque no da la oportunidad de ensayar con nuevas palabras. Siempre son las mismas repetidas. Institucionalidad, orden, elección, comisiones, crisis, hambre, sangre, violación, volcán, criollo, aporte, privatización, cohecho, influencia, amparo, Dios, basura, Biblia, dinero, lavado, plazas, gritos, castigo, cárcel, sicario, tráfico, crisis, cobros, bancos, inversión, trabajo, seguridad, juez, parte, lágrimas, pecado.
Y entonces me evado. Porque un país en el que puedes pasar cada día del año, del quinquenio, de la década, de la época independiente, doscientos años, sabiendo doscientas palabras es un país muy pobre. Porque hasta la palabra esperanza aquí se usa y se siente con el prefijo des-. Y esto no es vida. Es un des-vivir.
Ya sabes el guion, la trama, el desenlace, los actores, las poses y sobre todo las palabras. Sabes lo que dirán sobre la seguridad jurídica, sobre la inversión, sobre la reforma de (su) Estado, las siglas con que se identifican. Sabes también el discurso de las banderas y de los que usan la corbata para apretar el cuello de la camisa que ya no pueden cerrar porque están gordos de pizza y Coca-Cola.
Y por eso vuelves una y otra vez a canciones y recuerdas acordes, compases, ritmos, voces quebradas, ausencias. Y se te viene aquello que dice y dirá para siempre:
«Uno vuelve siembre a los viejos sitios donde amó la vida / y entonces comprende cómo están de ausentes las cosas queridas».
Y te sientes más tranquilo. Porque tu patria son las palabras, y esas no te las quitan esos malditos.









