Francisco Díaz

¿Cómo las ayudamos?

Tenía 15 años. Salió de su casa apurada porque debía llegar temprano al colegio. Al día siguiente la encontraron sin vida.

La historia trágica a la cual hago referencia parcial es real y, lamentablemente, se repite una y otra vez en diversos países y con diferentes detalles. En todas las variantes existe un elemento en común: un adulto da rienda suelta a la locura y se atribuye el derecho de violentar y de matar a una menor de edad a quien considera débil a nivel físico o vulnerable a nivel emocional. ¿Quiénes son los responsables? ¿Qué podemos hacer para evitar que las niñas sean violentadas?

A nivel general y sin intención de culpabilizar, puede que parte de la responsabilidad de estas tragedias sea de las familias que no cuidan a sus hijas ni se preocupan por su seguridad. Es normal que una madre o un padre no sepa a dónde va su hija ni a qué hora regresa. Esa despreocupación normalizada de pensar que no le va a pasar nada no puede seguir siendo la norma o la forma de proceder. A mayor acceso a celulares, la comunicación entre padres e hijos tendría que ser más constante, pero sucede todo lo contrario, porque en ocasiones son los padres los últimos en enterarse del día a día de sus hijas.

Ante el evidente fallo del núcleo familiar en cuanto a la protección y el cuidado de las adolescentes, la sociedad en general tendría que extender sus brazos legales para cubrir con mayor cuidado a las niñas y crear una cultura de prevención a todo nivel. Pero el poco personal y el desinterés mortal crean un manto de impunidad para los agresores y acosadores de menores. Es aberrante que los medios de comunicación y muchos analistas concluyan que la responsabilidad por la agresión recibida sea de la menor, y no del adulto agresor, con lo cual le levantan todo cargo y lo dejan en libertad sin que nadie se interese en reparar el daño emocional a la niña y a su familia.

No dejemos a las menores de edad a merced de enfermos que andan circulando en las calles, pues un día podrían salir de su casa y no regresar jamás.

Si la familia no puede protegerlas y la sociedad en general es permisiva, parece que la única alternativa que queda es que sean las mismas adolescentes las responsables de cuidarse y de aprender a defenderse. Eso significaría activar las alertas necesarias a una edad temprana para detectar cualquier indicio de abuso de parte de sus propios familiares o de terceros. Si dependiera de ellas, de las menores de edad, entonces les tocaría conformar un grupo en el cual se den consejos entre ellas para denunciar cualquier indicio de acoso de su padre, hermano, amigo o cualquier individuo que parezca de confianza, sea en un ámbito religioso, educativo, médico o deportivo. La premisa sería que no confíen en nadie.

Lo cierto es que, por donde busquemos la solución para crear una cultura de prevención y frenar así los abusos, encontraremos que no estamos haciendo suficientes esfuerzos para respetar y salvaguardar la integridad de las menores de edad. ¿Qué hacer? Hablar del tema, no callarse y no normalizar el abuso. El reto es crear espacios y ambientes sanos y seguros para las niñas, es decir, si en tu hogar tienes a una menor, responsabilízate del cuidado de ella y trata de estar pendiente de lo que le suceda. No dejemos a las menores de edad a merced de enfermos que andan circulando en las calles, pues un día podrían salir de su casa y no regresar jamás.


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