Hay que entender que la estadística no es una ciencia exacta, que la validez de sus datos se basa, más que nada, en la calidad de la metodología usada para obtenerlos y que, además, es fundamental comunicarlos de la mejor manera, tomando en cuenta que los conceptos y las definiciones que se aplican no son de conocimiento general y que en la mayoría de las ocasiones es necesaria un explicación sobre el significado de cada indicador.
Este tema de la comunicación puede observarse como la tarea de formular proyecciones, como una actividad constante que se realiza en el período entre dos censos, el cual va creando expectativas que, al no ser confirmadas por los datos del siguiente censo, ocasionan desconfianza sobre la calidad del evento censal. Acá lo que corresponde es verificar la calidad del evento y ajustar los datos hacia atrás. Estos factores de corrección y la interpretación cualitativa de eventos aislados son lo que sostiene la definición académica de que la estadística es un puente entre la matemática y la lógica.
El censo de 2018 deberá superar aún análisis cuantitativos y cualitativos que pueden alimentar una discusión sobre algunos de los datos que arroja, pero, en cuanto a su metodología, parece ser que, sin puntear hacia brillante, hace lo suficiente para ser un censo exitoso. Por ello hay que empezar a observar algunos datos finales que anticipan eventos que transforman estructuras poblacionales.
Son 30 los años que nos separan de una situación poblacional que urge el diseño y la implementación de políticas públicas para atenderla.
Veamos algunos indicadores solo desde la óptica numérica, sin comprometer juicios de valor. De 1950 a 2018, la tasa global de fecundidad cayó de 7 a 2.7 hijos en promedio por mujer. En 2000, la esperanza de vida promedio era de 68.3 años, y para el 2020 aumentó en casi 5 años y alcanzó un valor de 73.2 (69.9 años para hombres y 76.4 para mujeres). Para el período 2000-2001, la mortalidad infantil era de 40.2 niños por cada 1,000, y para el período 2018-2019 se ha reducido casi a la mitad (22.3 niños por cada 1,000).
La primera proyección de este ejercicio censal plantea que, siendo en 2020 casi 16.7 millones de habitantes, en 2050 seremos aproximadamente 22.7 millones. Esto, en términos cuantitativos porque, si se considera la estimación y proyección de la estructura poblacional y volvemos el análisis a lo cualitativo, tomando en cuenta los indicadores mencionados en el párrafo anterior, nos daremos cuenta de que pasaremos de una situación de bono demográfico, con un aumento de proporción de jóvenes y de demandas de empleo y de educación superior, a una de población envejecida, con demandas crecientes en seguridad social, salud y sistemas de cuidados.
Son 30 los años que nos separan de una situación poblacional que urge el diseño y la implementación de políticas públicas para atenderla, una situación a futuro que requiere el fortalecimiento actual de las instituciones y de los programas que deberán administrarla. Requiere un diálogo ilustrado y práctico que le permita a esta misma sociedad acomodar su futuro, con la participación de todos y la aportación de los mejores talentos.









