Me apunto así a la trivialización pura y dura de la política del Norte, que es parte integral de la industria del entretenimiento.
Una buena parte de los funcionarios públicos que desfilan frente a la comisión que los interroga usan el término quid pro quo para explicar el contenido de una llamada telefónica entre los presidentes de Estados Unidos y Ucrania, y la sensación que dejan es la de la normalización del chantaje y del bullying en las relaciones internacionales modernas, lo cual, en sí, tampoco constituye nada nuevo.
Esto es algo así como un triunfal retorno a los métodos del siglo XIX, cuando los diplomáticos europeos defendían los intereses comerciales de sus naciones al amparo de los cañones de sus acorazados apuntando a los puertos de naciones menos favorecidas. Prácticas cuestionables pero inmensamente efectivas para extender el libre comercio por todo el mundo.
Y, por supuesto, no deja de tener un aire de contradicción que la frase quid pro quo esté en boca de un empresario hotelero que contribuyó a la campaña electoral del presidente y luego fue nombrado embajador frente a la Unión Europea. Algo así como la demostración de este principio con un enfoque absolutamente pragmático.
Jugar el papel de víctima es un viejo hábito de la clase política, que, sin importar la orilla en la que se encuentre, siempre puede encontrar términos para acuñar.
Me pregunto si al final todo resultará en una acción afirmativa muy propia de la realpolitik: sin que importen lo dicho en cada uno de los testimonios ni los cuestionamientos éticos, la mayoría del Senado de Estados Unidos votará como se supone que debe votar y salvará al presidente, tal vez movida por la idea de que así también preservará la institucionalidad.
¿Qué consecuencias puede tener todo esto sobre las ambiciones electorales de un segundo mandato? Quienes se precian de conocer la política de Estados Unidos señalan que el presidente, en su agenda de redes sociales, busca mantener a su voto duro satisfecho con la clara intención de mantener sus posibilidades y su discurso intactos. Otra cosa puede ser la votación interna de su partido —las primarias—, en la cual puede tener varios rivales ávidos de tomar ventaja de la situación.
Parte del discurso que el presidente de Estados Unidos y su prensa afín usan para mantener a su feligresía enganchada es enarbolar la frase cacería de brujas para explicar lo que ocurre. Jugar el papel de víctima es un viejo hábito de la clase política, que, sin importar la orilla en la que se encuentre, siempre puede encontrar términos para acuñar, como es el caso de lawfare, término con el cual la izquierda latinoamericana busca explicar por qué sus icónicas gestiones presidenciales son objeto de investigación de fiscalías especializadas en corrupción.
Tal vez a estas líneas les habría venido mejor War Pigs, de Black Sabbath, o Evolution, de Pearl Jam, como música de fondo, pero estoy escuchando una versión reciente de La senda del tiempo, de los Celtas Cortos, que sinceramente suena aún más deprimente que la primera vez, tanto como para merecer un sitio de honor en la rocola de la tristísima cantina de la calle Ambato del Quito colonial, que tenía una indisputable vista a la cárcel y al antiguo manicomio, hoy un hotel de cinco estrellas. Seguramente los parroquianos de este espacio la aceptarían sin quejarse.









