David Martínez-Amador

El dolor existencial

«La generación actual es esencialmente racional, desprovista de pasiones», diría el buen Søren Kierkegaard (en mi opinión, el padre del existencialismo).

En su crítica al cristianismo, a la religión oficial de la Iglesia danesa (con sus rituales aún de esencia católica), Søren siempre afirmó que, por encima de todas las cosas, el hombre debe «sentir». Es obvio que Kierkegaard se refería a la relación privada y personal del individuo con su creador (aspecto esencialmente protestante), pero, si retomamos la lectura de Temor y temblor, sin duda alguna la sensación de desesperanza y la angustia existencial pasan a ser un tema primordial.

Ante la existencia solo nos queda la opción de quedarnos en la caverna de la melancolía o tomar decisiones frente a lo imprevisto de la vida humana. Y la toma de decisiones va acompañada de la angustia que produce el libre albedrío al no tener ninguna certeza sobre el fin de nuestras vidas. Porque, poniendo las cosas en el lenguaje moderno, o aceptamos la existencia de un creador o recurrimos al Prozac, o al arte, o a la poesía: a cualesquier aspectos que nos permitan huir del vacío que produce una sociedad mecanizada y tecnologizada al extremo.

El dolor de la angustia existencial es saberse no especial.

La tradicional lectura que se realiza sobre la obra de Søren Kierkegaard Temor y temblor se enfoca siempre en la angustia existencial sufrida por Abraham al decidir obedecer, contra toda lógica, al dios hebreo. La fe como un salto al vacío: «Mata a tu hijo y muéstrame que me amas».

Pero la verdadera angustia existencial es la de Isaac al darse cuenta de que su padre ama más a un ser invisible que a él, al saberse instrumental, desechable, segundo plato.

El dolor de la angustia existencial es saberse no especial.


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