Carlos Ovalle Leránoz

El secuestro de la palabra

Todas las palabras son inocentes hasta que las secuestra un político o el directivo de una organización gremial (en realidad su jefe).

Lo bueno es que su vocabulario es tan limitado que la mayoría de las palabras están a salvo del escarnio. Pobre la palabra que entre en la lista de las 43 que conoce un diputado, pues está destinada a la tortura, al abuso, a la violación o a ser mutilada en una mala ortografía. «Arriva [sic] el FCN-Nación», decía una candidata.

Por ejemplo, productividad, palabreja ya de por sí fea y complicada para que encima sea tomada todos los días en cualquier círculo político, mitin, reunión, cena, parranda u orgía. La RAE define dicho término, en su primera acepción, como «cualidad de productivo». Y a esta última palabra la define como algo «que es útil o provechoso». No somos ciudadanos ni seres humanos. No somos padres, hermanos o hijos, tampoco transeúntes ni viandantes ni observadores. Somos unos patéticos seres productivos que, si no somos útiles ni provechosos al sistema, seremos descartados y enviados al basurero municipal Álvaro Arzú (dicho con sorna), donde ni siquiera nos reciclarán en nuestros componentes más simples, como sonrisas, abrazos o aliento. No. Nos desecharán y quedaremos relegados a la infamia de la improductividad.

¿Cuántos empleos generas?, te preguntan en las redes sociales, y con eso se zanja cualquier discusión. Mientras más empleos generes, más razón tienes. Si eres un vil empleado, eres productivo (útil o provechoso) mientras estés contratado. Llegamos al colmo de identificarnos con los demás con la máxima «soy mi propio jefe» y de decirla con una amplia y satisfecha sonrisa. Por lo menos tengo un empleado y soy yo mismo, pensamos, y así tratamos de entrar en el debate de los grandes, de los que pueden, de los que dan y derrochan, de ser invitados a la fiesta selecta de los seres productivos, los que dan trabajo y hacen algo por este gran, soberano, independiente y bello país.

La muerte del improductivo es liberadora, la solución final a la guatemalteca.

Un niño de Santa María La Reforma muerto por desnutrición no duele, no es productivo y, si llegara a crecer, sería una carga para la sociedad, la que paga impuestos, piensan. Tampoco importa tanto que mueras en un atropellamiento masivo en Nahualá. Total, somos muchos. Igual que los linchamientos, las muertes en las cárceles, los desmembramientos de mujeres en las zonas marginales o la muerte lenta en un hospital público, la muerte del improductivo es liberadora, la solución final a la guatemalteca.

Por mi parte, yo trabajo. Y mucho. Les juro que soy productivo. Lo advierto por aquello de que quieran desdeñar mis argumentos. Pero lo que de verdad me gusta es no hacer nada, tenderme en la cama, mirar el techo blanquísimo y especular con un futuro distópico, como las series de Netflix. Por ejemplo, verme como candidato a algo (la verdad es que eso no importa) frente a una multitud, en alguna plaza, con un sol de marzo en un cielo azul profundo, casi novembrino, alzar los brazos, provocar un silencio expectante de varios segundos y empezar y terminar mi discurso así:

«Si me dijeran “pide un deseo”, / preferiría un rabo de nube».

Darme la vuelta y dejar a todos con el verso flotando y el aire de la belleza expandida como flujo piroclástico.


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