A esa hora justa en que nuestra piel aún conserva el sopor caliente de la noche, nuestra mente soñolienta se niega a ordenar los pensamientos y todos nuestros sentidos están sumidos en la modorra. Con gran esfuerzo giré torpemente mi cabeza mientras el resto del cuerpo yacía de lado. Entreabrí los ojos y la vi mirándome con ojos de colgada.
Su cuerpo pequeño y ágil se contorneaba con encanto a mi lado. Yo seguía sin despertar todos mis sentidos, pero mis ojos no dejaban de admirar su gracia. Con mis dedos largos le acaricié detrás de la oreja y dejé que mi mano se fuera deslizando con suavidad hasta llegar a su garganta. Aquella criatura comenzó a hacer un sonido ronco, suave y monótono que me produjo una sensación de placer extraordinaria.
Fue precisamente esa excitación la que hizo que por fin Morfeo saliera huyendo de mis brazos. Ahora sí mis sentidos estaban atentos y dispuestos a captar cualquier estímulo por minúsculo que fuera. La miraba mover su cuerpo con una sensualidad envidiable. Una Sophia Loren contemporánea derramaba su erotismo en mi cama. Qué deleite era verla interpretando su danza hindú junto a mi espalda. Y qué placer infinito sentir su cuerpo calientito junto al mío.
Igual que el rostro de éxtasis de la santa Teresa de Bernini, mi acompañante rebosaba gozo en su mirada.
Me dispuse a rendirle tributo a aquel ser magnífico que me acompañaba en mi recámara. Con precisión puse mi mano en su cuello, presionando un poco, hasta hacer que ella bajara sumisa su cabeza. Luego, en un gesto estudiado, fui bajando mi mano despacio. Me iba deteniendo en cada una de sus vértebras mientras contemplaba fascinada cómo ella arqueaba su espalda. Apenas empezaba a acariciar la ultima línea de su curvatura más baja cuando ella cayó con delicadeza a mi lado. Rendida ante mis encantos, se desplomó como hacen las actrices en el teatro. No se fue de golpe, con torpeza, no. Ella se fue derrumbando despacio y con gracia.
Igual que el rostro de éxtasis de la santa Teresa de Bernini, mi acompañante rebosaba gozo en su mirada. Y en un acto de entrega total se giró boca arriba para ofrecerme sus partes más delicadas. Por primera vez recorrí su vientre suave mientras ella empujaba mi mano en un gesto mecánico. No sé cuánto tiempo habrá pasado mientras compartíamos ese instante mágico. Cuando la dicha es grande, el reloj es inútil para marcar el paso.
Sin embargo, no hay dicha que dure cien años ni cuerpo que la soporte, dicen los aguafiestas profesionales. Pero esta vez tenían razón. La fecha de caducidad había llegado. En el momento menos esperado, un rayo de sol inoportuno se coló por la cortina. Mi cuarto, que yacía en penumbra, se vio de repente alumbrado. El momento de magia se rompió al ver nuestros rostros iluminados. Ella me miró con sus ojos de gata y, dando por finalizado el acto, dijo su único miau y saltó de mi cama.









