Elizabeth Ugalde

Cuatro generaciones de mujeres

Mi abuela materna nunca fue a la escuela. Se casó a los 15 años. Tuvo una docena de embarazos, aunque solo diez hijos llegaron a adultos. Mi abuelo murió joven y dejó a la viuda con una marimba de muchachos (ocho mujeres y dos hombres).

Con tanta mujer y sin hombres que la pudieran sacar a flote, los pronósticos del barrio eran que mi abuela terminaría en la calle. El primer varón ya se había casado y el otro era un niñito cuando murió el abuelo. Sin embargo, el grupo de hermanas, entre ellas mi madre, lograron salir adelante gracias a la tenacidad y a la dirección de mi abuelita. Ellas sostuvieron el negocio del trapiche, las fincas de café, y hasta lograron expandir su capital. El pueblo de Birrí de Santa Bárbara es, en buena parte, patrimonio de la familia de mi madre. Hasta el terreno de la iglesia fue donado por mi abuela, la matrona de aquellos lados.

Mi mamá llegó a adulta sin poder escribir más que su nombre y leyendo frases entrecortadas como un niño que apenas comienza el silabario. Sin embargo, era una computadora haciendo las operaciones matemáticas básicas. Por esta desafortunada habilidad con los números, cuando ella cursaba segundo de primaria, sus maestros pensaron que debían adelantarla de grado. Pero, como ella aún no tenía las competencias en lectoescritura, perdió el curso al llegar a tercer grado y sus padres (mis abuelos) dijeron que la sacaban de la escuela porque la niña les había salido mala para los estudios.

Ella, en cambio, utilizó su habilidad matemática para desempeñarse como administradora de los negocios de la familia. Mi madre era una mujer aguerrida y de mucho carácter. Por eso rápidamente se convirtió en la mandamás. Montaba a caballo mejor que cualquier hombre que la cortejaba y fue la primera en comprar y conducir un carro. Se casó a los 30 años, que para la época era toda una hazaña. Tuvo siete hijos y nueve embarazos.

Miro a mis hijas, seguras y alegres, abriéndose camino y veo el siglo XXI floreciendo con entusiasmo.

La recuerdo diciéndome: «Elisa, las mujeres tienen que ser profesionales porque, si se casan y el marido les sale chueco, ellas tienen una carrera que las respalde». Gracias a esta insistencia suya yo me gradué de economista y hasta completé un posgrado. Me casé a los 25 años, tuve dos hijas por decisión propia y cerré la fábrica cuando no quise tener más familia. Creo y lucho a diario por los derechos de las mujeres, aunque arrastro secuelas machistas de mi crianza. A mis hijas, sin embargo, las criamos dueñas de su vida, de su cuerpo y de sus decisiones.

Vuelvo a mirar atrás para advertir todo lo que en cuatro generaciones de mujeres hemos avanzado. Hace casi 100 años mi abuela doblaba su destino de viuda condenada al fracaso, se convertía en la gamonal de su pueblo y les aseguraba un futuro próspero a sus hijos. Ella, sin embargo, no tuvo educación, fue casada a los 15 años y parió sin descanso. También pienso en mi madre, que, sentenciada a ser una analfabeta, se reinventó para asumir un liderazgo. Aunque se casó tarde, nunca fue dueña de su cuerpo ni de su vida.

Mis hijas, en cambio, son mujeres de este siglo. Me superan en su comprensión de lo que significa ser mujer en estos tiempos. Ellas son capaces de defender sus derechos sin titubeos a la vez que reconocen el valor que tanto hombres como mujeres aportamos. Darse un lugar en esta sociedad es parte de su labor diaria y lo hacen sin reparos.

Miro a mis hijas, seguras y alegres, abriéndose camino y veo el siglo XXI floreciendo con entusiasmo. Han pasado cien años y cuatro generaciones de luchadoras torciendo el destino y cambiando los trazos. De eso se trata la vida: de ir cambiando.


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