Carlos Ovalle Leránoz

Habitación mazateca

Hace mucho tiempo, en época de carnaval, fui con unos amigos a Mazatenango.

Yo tendría unos 20 años, y nos fuimos a quedar a la casa de un compañero de ingeniería de todos ellos. La casona, muy grande, muy céntrica, pintada de color verde pueblo, tenía varios locales comerciales que daban naturalmente a la calle, baño en el patio y, al fondo, la casa a la que nunca entramos.

Abrieron una puerta. En el centro de una gran habitación, extendidos, unos colchones y, sobre ellos, unas sábanas muy usadas. Pegados a las paredes, tablones, muebles a medio terminar, sierras y otros instrumentos para la carpintería. En el piso, virutas y serrín hechos montoncitos al lado de una escoba. Dejamos nuestras mochilas y salimos a conquistar el pueblo. O eso creíamos nosotros. El viaje fue muy divertido con una dosis de alcohol, visitas a amigas, besos clandestinos, chapuzones en pozas y revolcadas por las olas en las playas mazatecas.

Al llegar a la habitación la primera noche, prendí la luz y allí estaban ellas: grandes y negras cucarachas sobre la pared. No serían más de cinco las que estaban a la vista en ese momento. Estaba seguro de que detrás de los muebles habría muchas más. Yo les tenía una fobia atávica a esos asquerosos animales. Con la dosis justa de ron Las Palmas y somnoliento, solo me acosté, me cubrí completo con la delgada manta, puse papel en mis oídos para evitar oírlas y me dormí (o me desmayé inmediatamente). A la mañana siguiente, ya con la luz del día, no había rastro de ellas.

Durante el segundo día me fui mentalizando en lo que nuevamente encontraría al llegar a dormir. Como condenado a muerte que conoce su destino, lo acepté y no pensé más en ello. El episodio de las cucarachas es una anécdota para contar. Todavía me repugnan y me causan unas pequeñas e involuntarias convulsiones. Sin embargo, durante esas noches, con la terapia de la sobrexposición a mi gran temor, pude soportarlas y enfrentarlas.

Estoy atrapado en esta habitación y no puedo taparme con esa mantita transparente. Ese truco no me funciona.

Ayer mismo pude identificar esa sensación de hace 30 años: esa opresión que he tenido en los últimos meses al ver a Jimmy y a sus secuaces, a sus aduladores, a todo el estamento político, económico, militar, jurídico, mafioso, religioso, lavador, delincuencial, salir en bloque a defender el libre tránsito de cucarachas rastreras por las paredes de la impunidad, el despilfarro, el robo, la cooptación, la muerte.

Estoy atrapado en esta habitación y no puedo taparme con esa mantita transparente. Ese truco no me funciona. Tampoco tengo la esperanza de saber que esa incomodidad durará pocos días y de que al final de la semana regresaré a mi pequeña habitación limpia y conocida.

Dicen que, cuando no quede nada en este mundo, cuando toda vida inteligente se haya extinguido, cuando todo mamífero haya muerto, cuando los mares sean un caldo caliente e inerte, las cucarachas sobrevivirán a la hecatombe nuclear o a la extinción masiva climática. Guatemala está en vías de extinción. Solo ellos están a salvo: las cucarachas y su reino.

¡Qué asco!


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