Uno de los últimos trabajos del gran sociólogo Zygmunt Bauman fue La sociedad sitiada, una reflexión profunda y preocupante de lo que algunos denominan crisis de valores, pero que en realidad solo es el reflejo de una sociedad que está en un proceso de mutación profunda. La imagen de una totalidad graníticamente construida pasa a ser visualizada con la metáfora de la modernidad líquida, en la cual el avance del individualismo moral ha producido la desaparición de la sociedad tal como la conocemos. Bauman habla de «la desaparición de la sociedad». Según él, «cualquiera que sea la totalidad que se imagine en su lugar, esta se compone de un mosaico de destinos individuales, sin vínculos con las acciones colectivas».
El sorprendente triunfo en Brasil del ultraconservador Jair Bolsonaro y el respiro en la elección de medio período en los Estados Unidos del gobierno de Donald Trump pese a las múltiples razones que apuntaban a lo contrario solamente demuestran que vivimos tiempos complejos. Jean-François Lyotard ya había señalado que los grandes relatos que guiaron a la humanidad han muerto para dar paso a los pequeños relatos que algunos llaman posverdad: la construcción de la visión del mundo que se amolda más a los deseos, intereses y objetivos del individuo y que ahora se difunde por medio de la llamada advocacy marketing, mercadotecnia por recomendación, que se propaga por la viralización de mensajes difundidos por las redes sociales.
Esta tendencia al individualismo más extremo, basado en la insolidaridad, en las bajas pasiones que incentiva el consumismo y en el pensamiento fundado en la trivialización irresponsable del mundo, solamente puede acarrear una gran variedad de problemas sociales, especialmente cuando se trata de la democracia: las mayorías no necesariamente buscan los mejores ideales. Por este detalle es que la totalidad de los filósofos clásicos consideraban que la democracia no era precisamente la mejor de las formas de gobierno. Por ejemplo, Aristóteles decía: «Las polis degeneran en democracias y las democracias en despotismos».
Esta tendencia al individualismo más extremo […] solamente puede acarrear una gran variedad de problemas sociales.
En el caso de Guatemala, estas reflexiones son pertinentes a menos de dos meses de que se convoque a las próximas elecciones generales, especialmente porque vivimos desde hace meses en una crisis generada por la falta de idoneidad de nuestros gobernantes. Estos han llegado con muchas expectativas y promesas, pero posteriormente se han dedicado a gobernar para sus propios intereses, pasando por encima de las aspiraciones de la mayoría de la población guatemalteca, la cual todavía espera la llegada de un líder ético y comprometido con el cambio.
Lamentablemente, el panorama preelectoral sigue siendo incierto, sin ninguna alternativa clara que permita pensar que el nuevo gobierno que asuma en el 2020 iniciará decididamente la senda de la transformación estructural que muchos esperamos. Ojalá, contrario a lo que ha pasado en Brasil, Guatemala pueda inclinarse por una opción que asuma decididamente la agenda del cambio estructural que hemos estado peleando desde el 2015.









