Míchel Andrade

No es «blues» sin armónica

Empiezo estas líneas escuchando una versión de Little Red Rooster en un ensayo que combina la guitarra y la voz de Keith Richards con la legendaria armónica de James Cotton.

Una breve nota publicada en El País da cuenta de la muerte de Cotton en marzo de 2017. El hombre que nació, quedó huérfano y creció en una plantación de algodón en Misisipi tuvo como mentor al legendario Sonny Boy Williamson II. Se hizo famoso como la armónica en la banda de Muddy Waters, formó después su propia banda y se convirtió en una auténtica leyenda (James Cotton Blues Band) que eventualmente colaboraría con Led Zeppelin, Janis Joplin y Grateful Dead, entre otros.

El legado de Cotton, como lo explica su obituario en The Guardian, es haber sido seguramente el elemento más distinguido de una generación que creó lo que hoy conocemos como el sonido de las armónicas en el blues. Cotton participó en la mayor parte de los grandes festivales realizados en las cuatro últimas décadas.

La primera vez que conocí su música fue gracias a Don’t Start Me Talkin’ sonando en los parlantes de una vieja Trooper en la cual nos adentrábamos en el páramo al sur del Chimborazo allá por los años en los que creía que la resolución alternativa de conflictos iba a arreglar algo —es decir, hace mucho ya—.

Lo que funcionaba como plaza, cabildo y mercado de una comunidad se iba tiñendo de ponchos rojos y sombreros negros bajo el llamado de los churos —caracoles—. En el centro de la plaza, la autoridad indígena le dio oportunidad de hablar a cada una de las partes y luego, en un gesto provisto de algún dramatismo, levantó su vara de chonta en el aire y la clavó en el suelo. Todos callaron y la autoridad decidió cómo debía arreglarse el conflicto por un nacimiento de agua. «Validez jurídica cero», me dijo mi compañero de viaje, un abogado jugando al antropólogo que a veces hacia también lo contrario, para luego agregar un: «Sin embargo, esta es una solución que va a durar».

El legado de Cotton […] es haber sido seguramente el elemento más distinguido de una generación que creó lo que hoy conocemos como el sonido de las armónicas en el «blues».

En el camino de regreso tenía más preguntas que respuestas sobre lo que había visto, ninguna de las cuales fue contestada ni por Honest I Do ni por Blues in my Sleep. Nada más lejos del páramo andino que un blues nacido en los 50 o 60 del siglo pasado de la inspiración de músicos afrodescendientes en Chicago. Sin embargo, la fórmula fue bastante efectiva para que mi memoria anotara el nombre de Cotton.

Eventualmente, un cáncer de garganta se llevó su voz, pero su producción no cesó. En 2013 se publicó su último disco, Cotton Mouth Man, del cual destaco una versión de Wrapped Around my Heart que tiene la virtud de dejar en mi cabeza la voz de Ruthie Foster dando vueltas entre mis recuerdos de esquinas de Bogotá, de carreteras de Huehuetenango, de bares en San José de Costa Rica y de alguna caminata al amanecer en Tikal.

Al finalizar estas líneas encuentro alivio en el estilo irreverente de Wicked as It Seems, de Keith Richards, incluida en Talk Is Cheap (1992). Lo que pudo haber sido el inicio de una carrera en solitario para Richards se convirtió en una rareza que, según algunos expertos, empujó a los Rolling Stones a seguir tocando juntos.

Y sí. La vieja fórmula para reconocer un blues en el repertorio de los Stones siempre funciona: si tiene una armónica, es un blues.


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