El tráfico, como es habitual, se mueve lentamente. «Ciudad parqueo», dice uno de los comentarios de Waze. Miro alrededor y no puedo estar más de acuerdo.
Llevo un buen rato atrapado en la avenida Hincapié, cuando la radio trae las noticias de la condena de Mladic. El nombre de Srebrenica me viene a la mente. Una de las mayores vergüenzas de la Europa civilizada, que permitió más allá de sus muros la masacre de unos ocho mil hombres durante cinco días en pleno verano de 1995. La condena llega en un momento en el que se debate el posible juzgamiento de los crímenes de guerra en Siria —Putin ya celebra con Assad y negocia con iraníes y turcos el orden posterior al fin del conflicto—, y pienso que, irónicamente, eso puede pesar más que hacerles justicia a las víctimas y a los sobrevivientes de la brutalidad de la guerra en la ex-Yugoslavia.
Las noticias terminan y me quedo en compañía de los acordes de Pasajera en trance, de Charly García, que me recuerdan que existe un viejo truco: el de andar por las sombras. Me voy adentrando en las líneas de esta columna, entre los recuerdos de esos horrores de hace más de un par de décadas, que comparo con mis propias memorias de caminos andados y desandados entre aldeas de Sacapulas y Aguacatán, con sus propias historias de horror y de masacres.
Mis recuerdos se diluyen con una remasterización de The Queen Is Dead, el álbum cumbre de los Smiths. En I Know It’s Over, Morrissey sigue preguntando con ironía: «Why you are on your own tonight?». Y sugiere: «It takes guts to be gentle and kind». Valores que no tengo para la camioneta que se lanza sobre mi carril. Y me hace comprobar que no existe nada como conocer los alcances de la propia maldad para desconfiar de cualquier posibilidad de rehabilitación o redención.
Los Tame Impala me proponen una versión de neopsicodelia que alivia tensiones con sus clásicos Mind Mischief, The Moment y, por supuesto, de The Less I Know, the Better. La ciudad parqueo fluye lentamente y, por fin, de alguna manera, me deposita en la puerta de mi casa. Y debo sentirme agradecido porque apenas me ha tomado dos horas recorrer algo más de siete kilómetros.
Y el tráfico navideño está apenas por empezar.









