Míchel Andrade

Encuentros

Fecha de repechajes para el Mundial, a la que he sobrevivido jugando al futbol y escuchando a los Samsara Blues Experiment y su One with the Universe.

La semana pasada dejé Tegucigalpa con las imágenes de las obras de Maeztro Urbano en las paredes del centro de la ciudad y la ausencia del personal de aduanas en el aeropuerto, que recibió mi formulario de aduanas en las escaleras, antes de los filtros de migración, al grito de guerra de «yo ya me voy» seguido de la presunción «usted no lleva más de USD 10 000 en efectivo». El juego contra Australia estaba muy cerca de la hora de mi retorno a Guatemala. Tal vez por eso el personal del aeropuerto decidió ubicar cinco en la misma puerta, casualmente la que estaba más cerca de la televisión encendida.

Tegucigalpa tiene un atractivo extraño que me hace volver. El frío de noviembre, el ambiente previo de un juego exótico —Australia está del otro lado del mundo—, la cercanía de las elecciones y el encuentro con viejos amigos le dieron un aire cálido a una ciudad que puede ser descrita parcialmente, como casi cualquier capital latinoamericana, con los versos de En la ciudad de la furia, aunque no se acerque a la idea de Buenos Aires que rondaba la cabeza de Cerati. Esta referencia siempre puede ser aderezada con alguno de los textos de Las memorias del fuego sobre Morazán.

Y en esta ocasión Tegucigalpa me extendió la cortesía que sentí hace unos años en Bogotá al llegar a la calle Jiménez cuando Lerner ya había cerrado. Un sentimiento mitad desolación, mitad ira, y ciertamente una falla logística por consultar mapas y horarios de atención provocaron que mi viaje encontrara una casa en obras donde debía estar la editorial Guaymuras. ¡Será la próxima!

Pero no todo se mueve alrededor del futbol, aunque en las últimas semanas haya disfrutado de las historias del Torque, ese equipo de Uruguay que gana el campeonato de primera B sin tener hinchas, pero sí el respaldo económico del grupo propietario del Manchester City o de la liga de las islas Sorlingas, cerca de Inglaterra, donde la cancha está llena de agujeros de madrigueras de conejo y el número de habitantes da para hacer dos equipos que igual disputan un campeonato intenso con más de 20 partidos en la temporada.

Escribo estas líneas mientras escucho el son rock de los Cuerpo y Alma, con el maestro Maco Luna a la cabeza. Un disco apenas lanzado la noche de este miércoles, que combina ese diálogo furioso de la psicodelia y algo de blues con los aires del son.

Cuerpo y Alma es la persistencia de un estilo propio que marca una parte muy importante de la esencia de lo que el rock es y debe ser. Así, mientras la voz de Maco me describe La capirucha, me detengo en la zona 1, en la luz roja de un semáforo, junto a una excavación presidida por un letrero que dice «inseguro e inestable», y tengo la duda de si se trata de la obra en esa esquina, de la situación de la región o de un manifiesto sobre el cambio climático.


Recomendados