Natalia Garavito

Lo cotidiano

Hace poco más de un mes me embarqué en un exilio voluntario al otro lado del mundo. Soy consciente de que eso no tiene mucho de ordinario, pero, después de un tiempo por acá, lo cotidiano irrumpe como una amnesia liviana.

Así que ahora estoy acá, donde soy la única centroamericana que conozco, donde lo poco que saben de nosotros es que somos muy amables y que «casi todas las mujeres saben hacer trenzas». Y sobre esto último he de aceptar que, cuando una chica lo dijo y luego me pidió hacerle una, le agarré tres pelos como mejor pude y me impresioné de lo bien que se veía el nudo que le inventé.  El resto de los latinoamericanos que conozco me dicen que hablo cantado. Sí, hasta los mexicanos, quienes, ante mi mueca exagerada de boca y ojos abiertos y mi aspiración cortada, me preguntan: «¿A poco no te oyes?». Y claro que me oigo, pero tan lineal.

Antes de partir tenía una lista mental de miedos, los habituales, aquellos que evolucionan descuidados hasta llegar a la muerte. El primero se cumplió a la semana, cuando terminé en la emergencia de un hospital decorado a lo Kill Bill, al cual me mandó el seguro y donde esperé ser atendida a las dos de la mañana. Salí con mi receta de antibiótico directo a la farmacia más cercana. Por una ventanilla, la señora que me atendió me dijo: «Son 3.60». Dos veces le pedí repetirlo porque acá, con eso, no se compra mucho. «Tres-con-se-sen-ta», dijo acentuando las sílabas en la tercera repetición. Con la misma sorna le respondí que yo quería el tratamiento completo, que eran 14 pastillas, y no solo una. Sonrió. Ese era el precio del tratamiento completo. Con monedas pagué mi tratamiento y con el ego algo abofeteado recogí la bolsita con mis medicamentos. Entonces me llegó la sensación de haber vivido algo extraordinario y me di la vuelta sonriendo a la fila de personas que yo misma había ocasionado. Para ellos no lo era. Extraordinario, quiero decir.

Mi segundo miedo no tardó en llegar. Después de salir una noche, nos dieron las 5:40 de la mañana en el centro. No hay transporte abierto y vivo a 15 minutos a pie. Estaba oscuro. La calle estaba algo desierta por la noche, pero inevitablemente me tocaba caminar sola. Con los latidos inyectados de adrenalina pasé al lado de algunos hombres que bebían en la calle, al principio deslizándome a la mitad para evitarlos. Ni siquiera volteaban. Mucho menos me decían cosas. Caminé al lado de otros grupos. Nada. Nadie intentó asaltarme, nadie me acosó, nadie me juzgó. Las dos últimas cuadras me fui sonriendo y hablando por teléfono, tomando fotos de la calle desolada. Estaba viviendo otro momento extraordinario y no había nadie para contradecirlo.

Pronto se cumplió el tercero. Hablando de las nacionalidades con un chico de acá y una chica de Colombia, él empezó a observarnos detenidamente para luego lanzarle primero a la colombiana: «Tú podrías pasar fácilmente como nacional si quisieras». Ella es blanca, llena de pecas, y tiene una nariz juiciosa. Claro que podría pasar. Luego se volteó hacia mí: «Ahora tú, tú tendrías mucho problema para hacerlo. Podrías pasar, pero sería más difícil». Me reí. Tendría harto problema. Pasar como nacional no era uno de mis miedos (ni de mis aspiraciones), pero la discriminación sí lo es. Entre lo cotidiano, este era otro momento extraordinario.

Así, podría seguir enumerando cómo por ahora lo cotidiano está lleno de momentos sorprendentes. Siempre que vivo uno, pienso en que los quiero llevar dentro. En cierta forma lo hago. Voy almacenando cotidianidades sorprendentes con la esperanza de que algún día algún extranjero se sienta así en Guatemala o de que, en lugar de tener que desalmacenar estos momentos, pueda vivirlos allá. Podamos vivirlos. Porque deberían ser parte de nuestra vida cotidiana. Al final son situaciones que no son quiméricas: salud, seguridad, libertad (hasta para hacer comentarios estúpidos), transporte y justicia. En general, todas aquellas particularidades que me sorprenden, pero que por ahora puedo llamar vida cotidiana.


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