My heroes had the heart
to lose their lives out on a limb.
And I remember thinking:
I want to be like them,
I just wanna be like them…
Los versos, compuestos por Modest Mouse y CeeLo Green, que se convierten en materia de nostalgia en el poderoso rock blues de la banda de Nashville, me recuerdan que las últimas semanas se han llenado de héroes capaces de jugarse la vida en un momento y de inspirar a otros.
En Guatemala, las personas del común se han tomado las calles del país para expresar una vez más su indignación frente a la corrupción, mientras en la ciudad de México la gente se ha organizado por sí misma para tratar de sacar de debajo de los escombros a aquellos aplastados por toneladas de concreto y por regulaciones de construcción que seguramente fueron obviadas de manera conveniente.
En el Ecuador, mis compatriotas comienzan a ver el largo camino de la justicia que Centroamérica ya conoce. El delator de Odebrecht en Brasil comparece por videoconferencia y hunde al vicepresidente Glas con un testimonio que detalla encuentros, aportes de campaña y comisiones que le dan a la Fiscalía elementos para buscar 30 millones de dólares en coimas. Vendrán la prisión preventiva, el proceso penal convertido en show por los medios locales y, con este, la aplicación del manual de litigio malicioso ya desarrollado en estas latitudes para poder enarbolar la bandera de la persecución selectiva contra la Revolución Ciudadana.
Estos acontecimientos suceden en lo que por lo menos se puede denominar un vacío de empatía de la clase política con las demandas de la ciudadanía. Diputados que donan a regañadientes un día de salario para las víctimas del terremoto cuando la ciudadanía desborda con su solidaridad los centros de acopio. Otros que se aferran a sus curules luego de haber procesado la mayor conmutación de penas conocida en la historia de la legislación penal. Finalmente están aquellos que, invocando la moral revolucionaria, buscan la forma de generar impunidad para lo que denominan la década ganada, entendiendo que se trata de una medida de autoprotección para evitar que se juzgue uno de los mayores latrocinios de la historia ecuatoriana reciente.
Las cosas no están para ser tratadas superficialmente cuando la brecha que separa al poder de la ciudadanía se hace cada vez más profunda. Desde la arrogancia, las élites políticas no parecen entender que, en cursos de colisión como estos, uno de los damnificados es el Estado de derecho, que en su contracción suele arrastrar a los más vulnerables hacia la miseria.
Me quedo con los Delta Saints dándole forma a mi madrugada con Butte La Rose.









