Carlos Ovalle Leránoz

Guatemala cárcel-país

Cuarenta y ocho años y contando. A esta edad todavía me hierve la sangre.

No se por qué me importa tanto la sociedad donde vivo. Por qué me involucro, hago, digo, salto y grito. Por qué voy a la plaza una y otra vez. Por qué arrastro a mis hijos. Por qué ellos, con entusiasmo, hacen carteles y corean en la plaza frases cortas que riman. Por qué escribo. Por qué me arriesgo a perder clientes o a que me digan comunista o tuitero resentido.

No entiendo por qué el tiempo pasa y no pasa mi indignación. Y cada visita a tribunales es un acto hostil en mi vida. Ver a los abogados pasear triunfantes en un sistema de conocidos, favores, desayunos, grupos e influencias, relojes caros y miradas cómplices con jueces, magistrados y oficiales, y yo con la palabra «mierda» en la punta de la lengua y sin poder soltarla.

No me conformo con no hacer nada. El sistema podrido debe regenerarse. No se trata de mover todo para volver al mismo sitio. El 2015 nos trajo movilizaciones, pero el sistema se protegió y nos trajo de regreso al futuro. El agosto del 2017 es el agosto del 2015, solo que con crisis más profundas.

No se trata de Iván o de Jimmy, de Roxana o de Otto, de Puñalito o de Boussinot. Se trata de Matías y de Malena, de Paola y de Mario, de Ana y de Ricardo, nuestros hijos. Esos son los nombres que están sobre la mesa, los hijos que tendremos o que nunca tendremos en este país que nos expulsa y escupe. Vete, niño. No vuelvas más. No hay espacios. Los que pueden y se atreven se van mojados en trenes de la muerte o con becas, pero todos pensando en nunca volver.

Una democracia tutelada desde las élites no es democracia. Una justicia tomada por los sectores de poder no es justicia. Un Estado ineficiente solo trae conflictos y tristeza, mucha tristeza, tristeza infinita.

Tenemos derecho a pedir que Guatemala por fin exista, que el Estado sea moderno, que la corrupción sea censurada, que el presupuesto del Estado no sea un botín, que los funcionarios públicos sean orgullosos gestores de nuestro patrimonio. Que los partidos sean políticos y encarnen ideas e ideales, que los políticos no nos den asco, que nos dejen ser ciudadanos, que no nos censuren o amenacen por pedir eso, que no es nada o casi nada, pero que para ellos es todo.

En este país cada paso es sangrante, cada acción tiene una reacción doblemente violenta. Con cada grito viene un golpe, con cada idea un insulto. Las fuerzas se recomponen, hacen archivos con fotos y datos de nuestras vidas, de nuestros hijos, de nuestros gustos, de nuestras debilidades, y nos ven con desprecio, muertos de hambre arrebatadores.

Dirán, harán, censurarán, pero en el fondo saben que esto no funciona, que cada día que pasa los conflictos no resueltos nos acorralan y afectan, que no podemos tener una sociedad así porque, si esto sigue, solo quedarán los que no pueden salir.

Guatemala asfixiante.

Guatemala cárcel-país.


Recomendados