Ximena Fuentes Molina

¿Qué le decís a tu exesposo después de una boda, dos hijos, un divorcio y toda una vida de relación por delante? (mayoría de edad)

Para siempre es un tiempo demasiado largo.

Para siempre es una promesa que hacemos sabiendo que no podemos cumplirla. 

No podemos cumplir. Sin embargo, firmé ese documento con toda la convicción que tengo. Dicen que la intención es lo que cuenta, y el «para siempre» quedó allí firmado.

Nunca entendí mejor el peso que tiene una firma como hasta hace poco. Y digo esto con todo aplomo, con la libertad del que hasta hoy no ha tenido fondos cuantiosos en su cuenta de cheques y al que no le piden autógrafos jamás.

Una firma: fue así como empezó esta historia hace ya 18 años. Que terminara de esta misma forma era lo consecuente. Juzgados, papeles y firmas para dar por concluido un «para siempre» que no pudimos cumplir.

Y aquí estoy, en la Palace del siempre glorioso Centro Comercial de la Zona 4. Mi abogado me invitó a un café. «Para celebrar este logro, patoja».

Patoja. Así era cuando me casé. Demasiado. Y que hoy, 18 años después, siga yo calificando como tal me halaga.

«No sabe todo lo que le espera, usté». «Ay, lic. No me asuste». «No, no. Cosas buenas. La segunda mitad de la vida es la mejor», dice mientras le pega el último sorbo a la taza y la pone sobre la melamina naranja de la mesa.

Al fin firmamos el papel, papel que resumió casi dos décadas de nuestra vida juntos. Qué poco saben las plumas fuente sobre eso de los vínculos.

Las plumas fuente y las firmas no saben que me hacés llorar a veces.

De tristeza, de enojo, de alegría.

Todas y cada una de las emociones humanas, vos.

Y es que, tantos años después, es lo congruente.

A veces agradezco habernos conocido tan jóvenes. Cuánto nos tocó crecer. Y las ganas de vivir. Vos conmigo y yo con vos: tantas primeras veces juntos.

A veces maldigo el habernos conocido tan jóvenes. Cuánto nos tocó aprender. Y la poca experiencia. Vos contra mí y yo contra vos: tantas últimas veces juntos.

Las plumas fuente y las firmas no saben que me das ternura a veces. Ternura porque ambos nos convertimos en adultos juntos. Adultos que saben que no hay pena ni gloria en este final. Nada más que volver a un origen y seguir caminando. Niños que jugaron a «para siempre» y que hoy llegan a la mayoría de edad.

No sé si te acordás, pero antes de firmar ese papel cerré los ojos. Cerré los ojos como quien está a punto de saltar a un abismo.

Fue durante la caída que nos vi viejos, chineando a nuestros nietos. Vos, sonriendo. Yo, aliviada. Vos, yo y tantas vueltas que dimos para al fin descubrir que hoy somos lo que siempre fuimos: verdaderos amigos.

No logro quitar de mi alma esa gana irrefrenable de llenar de coloridos flequitos mi carro, como lo hacen aquellos que regresan de Esquipulas. Y es que hoy regreso de una larga peregrinación, de una que me llevó 18 años, edad en la que sucedió que me convertí en adulta. 

Y vos me acompañaste.

El divorcio y el matrimonio son idénticos. Ambos son decisiones a las que respondimos con un sonoro «sí» y sin muchas reflexiones.

Eso y el sabernos en un arreglo hecho «para siempre» y del que jamás entendimos las repercusiones, aun sabiendo que «para siempre» es una promesa que hacemos sabiendo que no podíamos cumplirla. 

(Continuará).


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