Gabriela Carrera

Amistades políticas

Hace unas semanas, en una reunión de la organización a la que pertenezco, alguien dijo que esperaba que entre los objetivos de este año estuviera el conocernos más.

«Me tomo un momento para ampliar», dijo al ver nuestra reacción. Algunos habíamos hablado del panorama político, de la necesidad de encontrarnos con otros, de conocer las necesidades que viven cotidianamente miles en Guatemala. «Necesitamos ser más amigos», continuó diciendo. Las palabras que siguieron me han mantenido asida a una reflexión.

Si lo pienso atentamente, creo que es cierto que necesitamos defender nuestra amistad (política) en los colectivos a los que pertenecemos. Luego de identificar la misma intención y la misma voluntad de construir relaciones más justas para nuestra sociedad, y antes de acordar nuestros horizontes y nuestras rutas (o mientras lo hacemos), hay una serie de vínculos y dinámicas que se provocan. Comenzamos a preocuparnos por los y las demás. Sabemos más detalles de sus vidas, lo que les gusta y los mueve. Debemos vivir esa amistad como principio que regenere el germen mismo de la política.

Intentar definirla no es fácil. Al crecer se transita a una conceptualización más compleja. Los amigos son pocos, contados con los dedos de una mano, y esto lo vinculamos al respeto y al cuidado del otro, a la confianza, a la fidelidad (no ciega, pero sí sincera), a la tolerancia y a la paciencia con la persona que estimamos. Contar con amistades, en todo caso, es una de las experiencias más plenas que una persona puede conocer.

La amistad en los espacios políticos es una reivindicación diaria: nos permite construir una comunidad política que humanice las relaciones de poder, que las critique y que trascienda la manera como estamos acostumbrados a interactuar en este Estado construido para excluir, para marginar, para hacer de menos, para oprimir. A diferencia de la familia o de la tribu, el sentido de autoridad no es dado por la edad o por el lugar en la estructura social. Asimismo, la jerarquía no condiciona la lealtad y el disenso. Son la confianza y la identificación, el servicio y el trabajo colectivo, pero también la alegría y la risa, la admiración a lo que aporta el otro, la perseverancia aun en la incertidumbre, la apertura al diálogo y a la discusión acalorada (cuando es necesaria), los que motivan la representación y la legitimidad. Para que esa dinámica sea posible es necesario que los que se encuentran a la par de mí, aquellos con los que me organizo, sean amigos en lo político.

Uno de los regalos más importantes de la acción política es la amistad. Agradezco la complicidad, el si usté va, yo también, y la seguridad de mantenernos firmes y coherentes en nuestras palabras. Aun si sentimos que es tiempo de ser críticos con otros, de echar fuera la corrección política, o bien si sabemos que es hora de partir, la verdadera amistad política es la que nos une porque queremos que esta tierra que nos tocó por país sea un lugar digno donde la vida (en su sentido amplio y profundo) se respete. La amistad política verdadera, de eso estoy segura, trasciende organizaciones y posibilita un pequeño principio obvio de articulación.


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