La frase hace referencia a que ella, como jefa de Estado, está llamada a velar por los acuerdos fundamentales del Estado, mientras que el jefe de Gobierno y su gabinete están destinados a ser eficientes en la administración del Gobierno.
Desafortunadamente, en nuestros países no existe esa separación entre Estado y Gobierno. Y aclaro de una vez que no estoy proponiendo una monarquía ni estoy a favor de esta. Lo que me parece relevante es la separación de funciones. Entre jefe de Estado y jefe de Gobierno.
La política de Estado marca la visión de largo plazo, los grandes acuerdos sociales, los pisos mínimos a los que debemos aspirar como sociedad. El gobierno de turno deberá administrar y gestionar los recursos para ir alcanzando esos acuerdos en el marco de la democracia.
Nosotros tenemos un jefe de Estado que a duras penas alcanza a ser jefe de Gobierno. Un jefe de Gobierno sin política de Estado y a veces hasta sin plan de gobierno. Un presidente con poco poder, que muchas veces llega a improvisar y a quien le toca lidiar con los poderes fácticos y con sus agendas, que fácilmente se logran imponer en este laberinto sin prioridades ni forma. Es básico: cuando no hay lineamientos claros y vacíos de poder, se impone el más fuerte.
Para garantizar que nuestras autoridades estén al servicio del Estado, la Constitución sentencia que los funcionarios y los empleados públicos están al servicio del Estado, y no de partido político alguno. La verdad es que los buenos funcionarios tienen poco margen para hacer política de Estado, y los otros, la mayoría, ni siquiera están al servicio de un partido, pues eso ya sería conceder demasiado. La verdad es que les sirven a los grupos de poder económico o son fieles a sus propios intereses personales. Y si no me creen, vean la votación en el Congreso de las reformas constitucionales.
Sin jefe de Estado y sin política de Estado estamos a la deriva y a merced de los grupos de poder que tratan de proteger sus intereses. Es como ir en una balsa que navega en un río lleno de pirañas. Todas ellas esperando a que caiga algo al agua para atiborrarse. Los que están al mando no saben navegar y tampoco saben adónde van. En la embarcación hay amotinamientos, conspiraciones, motines. Todos tratan de tener control. Solo los más fuertes se imponen.
La frase de Isabel II queda vacía de contenido en este panorama. El Gobierno no encarna la parte eficiente de la Constitución: no puede serlo en medio de este caos. ¿Y la parte solemne, por la que se supone que debe velar el jefe de Estado? La Constitución guatemalteca dice que el poder proviene del pueblo. Quizá entonces el pueblo es la parte solemne de la Constitución. Quizá nosotros somos los llamados a salvaguardar el Estado. Nosotros tenemos la obligación de reclamar si el Gobierno no cumple con lo pactado, de demandar eficiencia a la administración de turno y de definir hacia dónde queremos ir.
Si aún no se da cuenta, usted y yo también vamos en la balsa. Tenemos dos opciones: quedarnos sin hacer nada y pasar a ser comida de las pirañas o darle dirección a la balsa y poner orden.









