En septiembre de cada año se repite sin cesar una discusión inacabada sobre los significados de la independencia nacional y sobre la forma como muchos celebran el fervor patrio en un país tan diverso y complejo como Guatemala. Y este año no fue la excepción.
Lo positivo es que, desde que tengo uso de memoria, la independencia ha pasado de ser ese día como cualquiera, en el que se descansaba antes del período de exámenes finales, a ser un día en el que, mal que bien, se nota por todos lados el fervor patrio, especialmente entre los más jóvenes, que se destacan portando alegremente las antorchas de la independencia.
Lo negativo es que, como siempre, no existe un consenso en torno a cómo deberíamos celebrar el mes de la patria, pues no tenemos aún una noción clara de cuál debería ser la esencia de nuestra nacionalidad. ¿Qué nos convoca y congrega? ¿Qué elementos permiten que los polos opuestos de este país se identifiquen como miembros de una comunidad grande, diversa y caótica?
Siempre lo he dicho y lo confirmo estos días: mientras sigamos identificándonos con etiquetas duales, tales como izquierda-derecha, rico-pobre, indígena-ladino y una larga lista de sectores enfrentados, jamás emergerá la categoría de guatemaltecos con toda propiedad.
El concepto clave aquí es el de la comunidad imaginaria.
Una comunidad políticamente imaginada como inherentemente limitada y soberana. Es imaginada porque aun los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión (Benedict Anderson).
Siempre que leo a Anderson me pregunto algo similar: si en lo interno de nuestra sociedad no reconocemos la diversidad cultural de la que presumimos afuera, ¿cómo vamos a saber de fervor patrio más allá de lo meramente emocional y pasajero? ¿Cuál es la base sobre la cual se erige nuestra identidad nacional?
La nacionalidad guatemalteca siempre se ha basado en una brutal contradicción: las imágenes folclóricas con las que atraemos al turista extranjero contrastan enormemente con la exclusión sistemática a la que sometemos a los pueblos indígenas, a quienes el Estado de Guatemala obliga de facto a abandonar su idioma, sus costumbres y sus tradiciones si quieren gozar de los beneficios del desarrollo. Presiento que justo por eso la nueva versión del himno nacional elaborada por Nelson Leal levantó tal revuelo.
Lamentablemente, la sociedad guatemalteca va contra corriente: intenta consolidar una identidad nacional justo ahora, cuando, en tiempos del Internet, de la modernidad líquida y de la expansión de las TIC, la tendencia es justo al contrario: hacia la evaporación de las identidades nacionales en favor de las locales y de naturaleza étnica.
Indudablemente hacen falta mucho más que banderas y antorchas para consolidar la identidad nacional.









