Promover la lectura y con ella el libro es algo fundamental en todo momento, pero es especialmente importante en la época que vivimos, en la cual los grandes capitales que dominan el mundo se empeñan en todas las formas posibles de trivialización del pensamiento.
Es cierto que los nuevos métodos de comunicación y acceso a documentos, por ejemplo, abren un gran abanico de posibilidades que crece vertiginosamente, pero también conllevan lo señalado antes, el peligro de la trivialización. ¿Por qué? Porque cualquier persona puede expresar su opinión a través de ellos y porque esto genera cadenas que llegan a ser inmensas. Pero ¿cuál es el fundamento de esa opinión? ¿Está basado en un conocimiento serio del tema? ¿Se han analizado las posibles consecuencias?
En varios casos de trascendencia parece no ser así. ¿Qué hacer entonces? Volver al libro, y no solo para la política y la historia, sino también para la literatura. Guatemala vive desde hace al menos dos décadas un bum literario. La cantidad de libros que hoy se escriben y editan constituye en nuestro país una revolución cultural en curso.
Leer un libro es siempre importante, sea cual fuere su procedencia. Pero, en mi opinión, hoy más que nunca se deben leer autores nacionales, tanto los del pasado como los actuales. Hacerlo aportará no solo conocimiento, sino orgullo nacional, un orgullo que abone a una convergencia cada vez mayor entre los guatemaltecos.









