Renzo Rosal

Simplemente justicia

La captura de los 18 militares retirados comienza a desatar una confrontación superior a la vista con el juicio por genocidio contra Ríos Montt, que fue más bien un evento de orden simbólico.

El reciente está en el terreno de la hostilidad y de la búsqueda de la confrontación directa, como indicador de que los sectores que se sienten amenazados solo pueden actuar en el ámbito del terror. El Ministerio Público tocó teclas sensibles. En esencia, se trata de la lucha por mantener y reproducir las porciones de impunidad que durante décadas han detentado militares, especialmente de la línea dura. Esa ha sido su apuesta más allá de librar una guerra interna que les produjo importantes valores agregados. A pocos les importó ganar el conflicto armado y el sentido de nación. Lo que en realidad importaba era lo que se desprendería para beneficio particular de los bandos involucrados. En el caso del Ejército se trató de dos tipos de ganancias. La institucional, con la cual las fuerzas armadas ganaron en privilegios y posesiones, en mantener y consolidar beneficios a larguísimo plazo. En lo individual, los réditos se multiplicaron aún más. El epicentro fue detentar y garantizar al infinito que la impunidad lograda durante el conflicto y en años posteriores se trasladara y reprodujera de generación en generación hasta representar un manto amplio, sólido, defendido con uñas y dientes. El abanico de intereses y canchas donde se mueven varios de los implicados es un buen muestrario: desde responsables de mandos y operaciones en la institución armada, pasando por roles en estructuras criminales incrustadas en las aduanas, hasta organizar partidos políticos y lograr espacios en el Congreso.

De lo anterior se derivan las múltiples reacciones que comienzan a darse con sentido de venganza, que marcan las capturas y los enjuiciamientos como el principal tema de agenda nacional en lo que resta del 2016. En menos de una semana el sistema se contrae y deja ver la rémora de argumentos falaces que han dominado los escenarios del ejercicio del poder. Asoman con fuerza las posiciones vacías de contenido y repletas de odio. Las redes sociales se llenan de señalamientos, burlas, amenazas y recuerdos de las etapas más oscuras de nuestra historia.

Ninguna sociedad puede salir adelante si en aras del falso desarrollo se le quiere echar tierra a esa historia que juega a contradicción. A ese pasado se recurre para decir que los militares señalados salvaron el país de los terroristas y comunistas, pero se niega cuando se trata de etapas terribles en las cuales las personas, especialmente indígenas y marginados, no contaban más que como carne de cañón. Echarle tierra a la historia es una falsedad. Tarde o temprano, como sucede con los cementerios clandestinos, la verdad aflora con fuerza y, aunque se quiera impedirlo, terminará expresando que los responsables de atrocidades deben pagar por sus hechos aquí y ahora.


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