Mildred Hernández

Inundemos las calles

Pocas veces los acontecimientos diarios han agitado y causado tanta polémica en Guatemala. El ambiente está caldeado, pues entre las capturas de la Cicig y del Ministerio Público, las revelaciones del informe sobre el financiamiento de los partidos políticos, los candidatos a quienes se les debe eliminar la inmunidad, los que han sido rechazados, la lectura obligatoria de la Biblia en las escuelas, los fracasos de la selección de futbol y los triunfos de los medallistas en los Juegos Panamericanos, por mencionar solo algunos de los datos de los últimos días, hay para entretener los gustos de la población entera.

Estos hechos, como sabemos, son las muestras evidentes de nuestro Estado fallido. En el ambiente se siente esa podredumbre infinita, ese olor a descomposición que se extiende como una gruesa capa de niebla transparente que lo inunda todo, como si en lugar de un país del siglo XXI fuéramos, colectivamente, el trágico personaje de una mala novela de ciencia ficción que solo espera su muerte.

¿Qué podemos hacer frente a esta situación? Por el momento, continuar con las muestras públicas de descontento. Por ello comparto, para quienes todavía dudan de los efectos positivos de las manifestaciones, de las marchas pacíficas, que la simple presencia en el parque central, además de sus consecuencias sociales y políticas, es catártica. Sirve como una especie de terapia para desahogar el enojo, la indignación y la frustración por el saqueo público y privado que esos malos guatemaltecos le hicieron y le están haciendo a la patria. Estar allí, solo presentarse los sábados, como hoy, es una especie de deber moral. Ciudadanía pura.

Porque siempre supimos que había corrupción, pero ahora se cuenta con los actores y las pruebas que los señalan. Pese a ello, la situación no solo no se ha resuelto, sino que aún falta un largo camino por recorrer. Mientras nosotros dudamos entre ir o no al parque, los dinosaurios se reúnen y confabulan, manipulan y distorsionan en su afán de supervivencia y de perpetuación de la impunidad presente y futura. Como nos conocen bien, saben de nuestra apatía, de nuestra indiferencia, de nuestro miedo, de nuestra inconstancia. Saben que somos una especie de llamarada: con el mismo frenesí con que demostramos el descontento, con esa misma intensidad y rapidez nos apagamos.

Pero sucede que, a pesar de sus esfuerzos por dividirnos y confundirnos, también nosotros empezamos a conocerlos. Ahora sabemos que no podemos nunca, bajo ninguna circunstancia, confiar en ellos.

Por ello nos toca asumir el papel que la historia nos está marcando como un colectivo indignado. Incluso nos toca ser, a nuestro pesar, un poco héroes, como lo son, por ejemplo, nuestros medallistas. Ellas y ellos, a pesar de las limitaciones económicas, de la falta de apoyo de las autoridades, de los desvelos y los sacrificios, se han esforzado cada día por obtener los triunfos de los que nos sentimos tan orgullosos y que siempre dedican a Guatemala. A nosotros, en cambio, solo nos corresponde presentarnos de vez en cuando en el parque central, frente al Congreso o donde se nos convoque, para seguir mostrando nuestra inconformidad, nuestra indignación, nuestra voz que exige una sociedad más equitativa y justa.

Nuestra tarea es más sencilla. Solo nos corresponde vencer la indiferencia y el miedo. Solo nos toca vencer nuestra falta de esperanza y de fe. Solo nos corresponde ser un poco héroes de nuestra historia, ser un poco los protagonistas colectivos de nuestro tiempo.


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