Veronica Molina Lee

¿Y qué si lo es?

Algunas veces regreso a mi antiguo dormitorio, donde crecí cuando vivía con mis papás. Me gusta entrar al walk-in closet, que también tiene inodoro y regadera. Era un lugar sagrado para mis amigas y para mí.

Allí nos alejábamos de la eterna inquisición de mis padres, que querían saber de nuestras vidas. Era nuestro pequeño submundo, no sé si de secretos o de cientos de historias que aún quedaban por contar.

Una mañana —habré tenido unos quince años—, mi mamá encontró la puerta del clóset cerrada. Una amiga se bañaba y yo permanecía sentada en el suelo. Hablábamos de quién sabe qué cosas y no oímos cuando tocaron la puerta. Lo que sí se escuchó fueron los alaridos de mi mamá, como si alguien hubiese caído muerto frente a sus pies.

—¡Gordo! —le gritó mi mamá a mi papá—. ¡Las patojas!

—¡Qué pasó, qué pasó! —preguntó él, angustiado.

—¡Las patojas! ¡Las patojas están metidas en la regadera!

—¿Se cayeron? ¿Se resbalaron? ¿Qué chingados les pasó?

—¿Acaso no te das cuenta? Están metidas en la regadera. Creo que se están enjabonando.

—No entiendo. No entiendo. ¿Entraste al baño y las viste enjabonándose?

—No, pero tenían la puerta con llave y las escuché en la regadera. Te lo dije. Te dije que había algo raro entre ellas.

—Sigo sin entender.

—¿No lo ves? Dos mujeres juntas en la regadera. ¡Son lesbianas!

Mientras tanto, mi amiga y yo nos veíamos boquiabiertas, ella intentando envolverse con la toalla y yo paralizada por la sobredosis de drama.

—¿Te das cuenta? —repitió mi mamá, quebrada en llanto—. Tenemos una hija lesbiana.

Sin titubear, mi papá dijo lo único que un hijo necesita escuchar:

—¿Y qué si lo es?


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