Las consecuencias de ese rechazo y del empoderamiento ciudadano son varias. Por un lado, la formación de nuevos grupos políticos, como Podemos, VOX o Red Ciudadana Partido X en España y sus respectivos intentos tropicales, como Morena en México. Estos nuevos partidos han generado una gran euforia en un grupo de la población que aún cree en el sistema electoral. Para ellos, estos nuevos partidos son la posibilidad de encontrar opciones verdaderas de cambio. Representan al ciudadano apolítico que tiene la consigna de cambiar las antiguas formas de hacer política. En ese contexto es que un candidato como Jimmy Morales puede posicionarse en el tercer lugar en las contiendas guatemaltecas.
En México, uno de los debates más importantes durante las elecciones fue el llamado al voto nulo y su contracampaña. Este llamado es otra expresión al rechazo de la clase política, solo que detrás subyace la necesidad de la reforma política, y no solamente de los partidos políticos. Una de las voces más fuertes de este movimiento en México es Denise Dresser, quien defiende el voto nulo explicando que es la única manera de empujar a una reforma política. Ella considera que votar cuando uno no tiene un candidato es como escoger dentro de la fruta podrida la menos pasada en lugar de exigirle al vendedor que cambie la fruta. Votar por Esperanza Marchita fue una de sus contiendas.
Aquí en Guatemala nadie se ha atrevido a llamar al voto nulo. Solo mencionar el tema genera pasión y rechazo, como si discutir no fuera válido. Al igual que en México, en Guatemala el voto nulo no tiene efectos legales, solo políticos. En otros países, como Perú, el voto nulo sí puede dar lugar a una nueva elección con nuevos candidatos.
La idea del movimiento del voto nulo en México es generar una crisis de legitimidad tal que se promueva una reforma política. En Guatemala ya estamos viviendo una crisis de legitimidad, por lo que creo que debemos aprovechar esta oportunidad para incluir el tema dentro de la agenda de reformas a la Ley Electoral y de Partidos Políticos. Es ahora, no en 10 años, cuando podemos exigirles a los diputados que el voto nulo tenga efectos más allá del castigo moral.
No tenemos por qué resignarnos a votar por el menos peor siempre. El voto nulo es una sumisión al sistema político. Un sistema político que nosotros hemos dejado marchitar, pero que solo nosotros podemos transformar mediante el cambio de reglas. Yo hago un llamado a darle vida al voto nulo. Es momento de que el ciudadano tenga el sartén por el mango.









