Ricardo Barrientos

Otro tropiezo de Otto Pérez Molina

La historia nos enseña que, cuando los gobernantes ignoran la realidad y cometen errores a partir de esa falta de visión, ello es un anuncio de su caída.

Alguien, con ese humor ácido que nos caracteriza en tiempos de crisis, ingeniosamente hizo una parodia de una escena de la película alemana Der Untergang (La caída), en la que se ve a Adolfo Hitler cuando es informado de la gravedad de la situación del… Partido Patriota (PP), la renuncia de Alejandro Sinibaldi y el resto de desmanes que aquejan al binomio presidencial y su moribundo partido político.

Jocosa, sin duda. Sin embargo, al reflexionar un poco, en serio, como suele suceder con todas las parodias, algo de real tiene. Muestra cómo los gobernantes actuales han perdido ya contacto con su realidad. Y así como Hitler pretendía mover sobre sus mapas fuerzas militares poderosas inexistentes para intentar frenar el avance soviético sobre Berlín, Pérez Molina cree tener cuotas de poder existentes solo en su imaginación.

A partir de las acciones de la Cicig en contra de la La línea y la renuncia al PP de Sinibaldi, las torpezas del binomio presidencial continúan acumulándose. Baldetti no renuncia y se expone de ese modo a terminar como una suerte de Claretta Petacci guatemalteca. Parece que el gobernante es inmune a los golpes de realidad que deberían suponer reiterados abucheos, particularmente feroces a la sola mención de Baldetti.

No obstante, Pérez Molina tuvo una oportunidad para restarle terreno a la debacle. Alguien le dio una buena idea: abrir un espacio y convocar para un proceso legítimo orientado a discutir propuestas parar recuperar la SAT y atender las demandas de centros de pensamiento, de los empresarios y de la sociedad en general.

Aunque la idea es buena, tenía dos premisas fundamentales que ningún buen estadista pasaría por alto: ser consciente de que es una acción en una posición de defensa ante la crisis, una salida sabiendo que se está de rodillas, y cuidar al máximo la legitimidad de la acción.

Pero Pérez Molina nos confirma que no tiene nada de estadista y que cuotas de poder inexistentes lo tienen ciego (a lo Hitler en La Caída). En vez de hacer lo que era aconsejable: convocar a presentar propuestas técnicas y políticas para la recuperación de la SAT como el inicio de un proceso legítimo, abierto y transparente, optó por invitar públicamente a un grupito de allegados o personas con quienes él se sintiese cómodo. Anunció que pretende delegar en este grupito el análisis de los ocho candidatos para renovar el directorio de la SAT, con lo cual el presidente estaría diluyendo su responsabilidad. También pretende diluir su responsabilidad sobre las decisiones relativas a los contratos abiertos para la adquisición pública de insumos como medicamentos.

Una torpeza descomunal porque antepuso su comodidad a la legitimidad del proceso.

Algunos de los invitados aceptaron participar en esta suerte de mesita de té de confianza del mandatario en desgracia, que, supongo, departirán cándidamente dentro del búnker mientras las bombas caen afuera y el Reich se derrumba. Sin embargo, no todos demostraron miopía. Algunos se dieron cuenta de que la mesita de té tenía una falla importante: no goza de legitimidad y, por ser una convocatoria surgida de la comodidad del presidente para diluir su responsabilidad, no llegará muy lejos. En particular, está condenada a vivir nueve meses a lo sumo.

Estas torpezas agudizan el embudo político en el que se encuentra Pérez Molina: para avanzar es imperativa la renuncia de Baldetti y que el presidente tome acciones legítimas y transparentes de Estado, aunque le resulten incómodas. Que acepte su derrota política con dignidad y que, quizá por primera vez, respete a su electorado.


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