Mi primera impresión fue pensar que se trataba de una nueva expresión, pero en el mismo espectro de casi todos. Me llamó la atención que, a diferencia del resto, esta organización sí se autodefine, como no ocurre con las demás, que viven de la indefinición permanente, lo cual es signo de su decadencia.
Sabemos que eso de la definición ideológica no apetece a lo que denominamos partidos, ya que les restaría margen de maniobra. Reduciría sus posibilidades de adherir diversidad de intereses y, por supuesto, minaría sus posibilidades de captar financiamientos de aquellas fuentes que parecen no tener límites.
En las elecciones de septiembre próximo, aunque formalmente elegiremos partidos y candidatos, en esencia la contienda será por intereses alrededor del abanico de la impunidad. La disputa será sobre el alcance, los mecanismos de protección y la sostenibilidad en el tiempo del régimen de impunidad. En la trama no está presente la opción de menos impunidad. En perspectiva, otro efecto nocivo. Indistintamente de si participan pocos o muchos electores, se legitimarán nuevos pactos, nuevas prácticas, nuevas alianzas por el poder, otras formas de proceder. Lo que antes era una vergüenza ahora es normal y en lo sucesivo será costumbre.
¿Qué hacer frente a este desaliento? Al menos no promover el engaño colectivo, informar con sentido de provocación, poner al desnudo lo que en realidad está en juego, afinar la mirada hacia los determinantes. Nada que elegir, mucho por disputar.









