También metía un tremendo ruido si de suspender las clases se trataba, ya que era controlada por la asociación de estudiantes. Su cabina de transmisión se ubicaba en uno de los extremos de la cancha de baloncesto. Era de madera y estaba pintada con la publicidad de un refresco de soda (nacional y popular en aquella época).
La programación musical se movía invariablemente de la música en inglés a la música de protesta. Y de ese año preelectoral recuerdo una canción que solamente en esa época escuché: El son para una elección. Parte de la letra que recuerdo decía algo como: «Se juegan ideologías, / y el pueblo ni se enteró. / Traga que traga discursos. / Se trata de alimentar. / Le pintan las cosas reales diciendo: / “Yo traigo la solución. / Voten por el candidato y… / bailemos el son para otra elección”».
En aquellas elecciones ganó la presidencia (o no la ganó y lo impusieron, al fin ya no es relevante) Romeo Lucas García con el famoso Frente Amplio, con lo cual se inició una etapa triste de la historia nacional que concluyó con uno más de los tantos golpes de Estado que marcaban una sucesión de gobiernos militares.
Ahora, ya entrados en el nuevo siglo, y con un sistema deteriorado que nos da cada vez menos esperanza, se vuelve a tocar el son para una elección. Ahora y desde 1986, cada cuatro años, como si fueran Mundiales de futbol o Juegos Olímpicos, no nos fallan los eventos electorales, con las mismas características que repetía el estribillo de la canción más algún pequeño ajuste. Ahora ya no se juegan ideologías, sino las ideologías son de juguete: las de los partidos, si las tienen, y las de los futuros tránsfugas también.
El pueblo, eso sí, sigue tragando discursos y de ellos se puede empachar, que de comida no. Lo que sobran son candidatos, y lo que urge es buscar aquellos que sean distintos, si es que existen. Hay que buscar a aquellos que escapen por mucho de la única ideología o meta común que se tiene en estos tiempos y en estos procesos: hacer negocios con el Estado y del Estado.









