Juan Miguel Goyzueta

El mejor vino blanco

Hay una clase de comentarios que suelen ser muy injustos: los que se hacen desde el poder.

Son así no porque necesariamente sean falsos –muchas veces no lo son. Lo que ocurre es que para efectos de juzgar a otros, el poder resulta ser un par de lentes mal graduados.

La tarea de ponderar bien las circunstancias propias y ajenas ciertamente no debe encontrar su mejor asistente en la sutil condescendencia que envuelve la vida de todo aquel cuyas manos guardan favores apetecidos por los demás. Y por eso se equivoca con frecuencia. Hablar sobre el “carácter” de los guatemaltecos es un tema-imán para este tipo de tropezones.

“Los guatemaltecos no te hablan las cosas a la cara” –decía un cubano que visitaba por acá. “En Cuba no ves eso, todos son muy directos. En la calle se dan unas insultadas que ni te imaginás. Pero resuelven sus problemas, no como acá…”

Quizás tenga razón. Pero su apreciación no deja de ser injusta, algo así como cuando Napoleón se preguntaba por qué todos sus ministros y colaboradores eran tan brutos. Una anécdota lo ilustra a cabalidad.

La semana pasada estaba cenando con unos amigos. Vino y pizza. Todo calma armoniosa, hablar bajo, hasta que se oyó un “Tráigame el mejor vino blanco que tenga” de un señor que se sentó en la banqueta con otro que parecía ser su amigo.

La conversación y los modos de ambos cayeron algo como la entrada de un elefante a una tienda de cristal cortado. Se reían, gritaban “cerote”, somataban cosas en el piso –y los demás los volteaban a ver. Los volteaban a ver mis amigos, los de las otras mesas… en fin, se volvieron un foco de atención. Nada extraño en un país donde la norma –a menos que estés en mucha confianza- es tratar de pasar desapercibido.

Cuando uno de mis amigos comentó sobre “el relajo” que estaban armando estos señores, yo le dije que los dejara ser y le repetí exactamente las palabras del cubano y le di un speech sobre cuánto nos hace falta a los guatemaltecos sentirnos cómodos con que la gente se exprese… explicación que no lo convenció del todo, pues puso una cara como si yo me estuviera perdiendo algo (y quizás sí lo estaba haciendo, pues los señores me quedaban de espalda).

Al poco tiempo, sin embargo, era yo el que tenía que conceder el punto. Lo que empezó como un ejercicio de expresión catártica libre y hasta sana degeneró bien rápido en un gran relajo hasta con guardaespaldas… con un señor somatándole el vidrio del carro al otro y el guardaespaldas tratando de separarlos, algo que ya de ninguna manera podía justificarse como “deseable” o “normal”.

A diferencia de Cuba, en Guatemala las discusiones acaloradas muchas veces no “resuelven” los problemas, sino degeneran en violencia y distanciamiento, algo que obviamente el cubano no dimensionaba bien. Muchas veces los guatemaltecos prefieren tragarse la etiqueta de mojigatos o ingenuos pero evitar los finales desagradables, lo cual es un cálculo totalmente racional en un país violento e intolerante.

Traigo todo esto a colación porque en el país comienzan a abrirse espacios de debate antes inexistentes. La semana pasada justamente tuve la oportunidad de presenciar un debate en la Escuela de Gobierno sobre el rol de la fe y la razón en la sociedad. No puedo afirmar que el nivel del debate haya sido “excelente”, pero es un avance muy importante, para crédito de sus participantes y organizadores.

A veces, los esfuerzos más valiosos –los que más transformaciones consiguen- son aquellos que apuntan a abrir espacios donde no había nada y a mantenerlos abiertos. Las vistosidades ya vendrán en algún momento, aún si haya quién –como aquel cubano – juzgue la prudencia desfavorablemente y la confunda con alguna otra cosa, desde el poder.


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