De cierto tiempo para acá hemos escuchado —por enésima vez— el ronroneo de la reelección presidencial. Para fortuna nuestra, el rechazo al espurio intento ha sido unánime. Esta posición era y es predecible porque la perpetuación en La guayaba, al mejor estilo de Jorge Ubico Castañeda o Manuel Estrada Cabrera, implica en nuestro país la utilización de la violencia descontrolada para lograr tan ilegítimo objetivo.
Una de las razones más fuertes para abortar la intentona es el hecho de que en Guatemala no existe una sólida ideología, ni en los partidos políticos ni en sus líderes. La única agrupación que tenía una basa ideológica desapareció: El Partido Democracia Cristiana Guatemalteca. Y, dado que, es en las elecciones siguientes a un periodo de gobierno donde la población tiene la única oportunidad de cobrárselas, a la violencia vendría a sumarse el fraude electoral. Entramados estos —violencia y fraude— que proceden históricamente desde los actos independentistas que sólo sirvieron para fortalecer a las oligarquías criollas.
La cultura antidemocrática tradicional de nuestros gobiernos —con pocas excepciones— ha sido el resultado de la aglutinación de relaciones sociales exageradamente violentas, las consecuencias de las estructuras económicas excluyentes, del racismo y la falta de espacios para la participación política y social. Los organismos de justicia débiles, corrompidos y parcializados han contribuido al incumplimiento de la ley y al irrespeto de los derechos humanos. Baste recordar que no hace más de 60 años, el miedo al comunismo magnificó el entorno prebélico y en nombre del anticomunismo se cometieron atrocidades inimaginables, todas en forma de terrorismo de Estado. En consecuencia, la guerra interna vino.
Y cuando hubo oportunidad de estrenar democracia, ésta se trastocó. Los gobiernos civiles que vinieron después de los regímenes castrenses santificaron a los militares. Las mañas las trajeron corregidas y aumentadas.
Una de tantas fue y es, venderse al mejor postor. De esa cuenta, no podemos soslayar que en Guatemala las agrupaciones políticas tienen dueño. Y los documentos constitutivos de un partido se venden como fichas de clubes deportivos. Es tan común escuchar que “fulano o zutano compró el partido tal…” O que, “menganito, dirigente de lujo, anda buscando quién lo financie para insertarse en algún partido”.
De vez en cuando aparece alguien con algún argumento importado. Y retrotraen ejemplos de otros países. A tenor de ello, no podemos dejarnos engañar con cantos de sirena como que, en México, los 70 años del PRI fueron de mucho progreso. La realidad de los mexicanos es diferente a la nuestra. Acá, tenemos como líderes políticos a personas iletradas. Y, aquel refrán que reza: “No hay peligro más grande que un tonto con ideas”, nos viene como anillo al dedo en el aquí y ahora guatemaltecos.
Guatemala no necesita más caudillos reeligiéndose cuantas veces quieran, ellos o sus amos. Suficiente fue con Rafael Carrera, Mariano Gálvez, Rufino Barrios, Manuel Estrada Cabrera, Jorge Ubico Castañeda y de quienes sentaron reales en el Guacamolón desde 1986 a la fecha.
Somos un pueblo con sed de paz, unidad y democracia. Y, si a más de los jinetes del apocalipsis que ya cabalgan a lo largo y ancho del territorio nacional permitimos que Ubico cabalgue de nuevo, habremos perdido la esperanza de saciar esa sed. Por años y décadas.









