Míchel Andrade

Dogma, pluralidad e imaginación

¿Cuál es la arquitectura institucional que requieren nuestras democracias?

Tegucigalpa, en un día caluroso de este verano. Mi paso por esta capital sucede unos pocos días después de la elección de un Comisionado Nacional de los Derechos Humanos a quien las organizaciones de derechos humanos rechazan y desconocen por su origen golpista y los vicios en el mecanismo para su elección.

Tengo el privilegio de escuchar a alguien que expone sus ideas con la claridad suficiente de afirmar que uno de las características de la región es llegar siempre tarde a la cita con la historia, para irse lo antes posible. La reflexión se apunta a un esquema en el que se analizan las formas de defensa de los intereses arraigados en la región.

Y es que los desafíos entre varios países de América Latina, y especialmente del istmo centroamericano empiezan a resultar bastante similares. Élites agro- exportadoras que crecen y prosperan en un marco de exclusión social, que controlan el acceso a un sistema de partidos políticos de carácter clientelar, y que dominan el sistema de justicia para garantizarse impunidad. Todo esto en un contexto de militarización de la seguridad pública, que mejora los índices de la percepción ciudadana pero nunca reduce los indicadores de muertes violentas o hechos delictivos.

A esto debe añadirse una prensa no independiente, que por ejemplo, es capaz de anunciar en primera plana las decisiones más importantes de los órganos de justicia, antes que las Cortes los notifiquen oficialmente a las partes de un proceso.

En el horizonte se dibuja la idea que sociedades que al no ser capaces de abordar su pasado, corren el riesgo de no superar las condiciones que llevaron a iniciar los conflictos internos. Mucho se ha hablado del cambio generacional como una oportunidad para propiciar transformaciones en la región. Sin embargo, ¿Qué hacer cuando las juventudes de las élites empresariales son tanto o más conservadores que sus abuelos, y los liderazgos de la nueva izquierda resultan estar anclados y lastrados en los años setenta del siglo pasado? , ¿Dónde están los signos de esperanza para las transformaciones de estas sociedades?

La respuesta pasa por una combinación de tácticas para el abordaje de estos temas, que debe enfocarse en un cambio de mentalidad, que nos oriente hacia la construcción de la cultura política –no electoral o de partidos- que incentive la participación ciudadana en un marco de pluralidad. Esto resulta mucho más sencillo de decir que de implementar. Pero al menos nos da una pista de a dónde se debe apuntar: ampliar los espacios a nuevos actores, fomentar los ejercicios de auditoria social. Al menos esto es un comienzo.


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